Inocencio III

Inocencio III

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Inocencio III fue Papa de la Iglesia romana entre 1198 y 1216. Su pontificado alcanza el máximo del poder adquirido por la institución papal en la Edad Media. Inocencio III ejerció una verdadera teocracia, llegó a ser el verdadero director de las naciones europeas, recibió el juramento feudal de varios Estados y dispuso de las coronas cuando sus príncipes no secundaron las consignas de Roma.

Nacimiento y educación

Giovanni Lotario, conde de Segni, procede de una de las familias más nobles de Italia, los Conti, que precisamente en aquella época afirmaban su predominio en la Campania y la Marítima. Nació el año 1160, en Anagni, siendo hijo de Trasmundo de Segni y de la dama romana Claricia Scotti.
Por ser noble, estaba destinado a seguir estudios de humanidades, latín y griego con rigurosos preceptores, generalmente doctos monjes. Giovanni, tras adquirir una sólida base cultural, fue enviado a los dos centros de enseñanza más prestigiosos de la época: en París cursó teología con el maestro Pedro de Corbeil, y en Bolonia frecuentó la Facultad de Derecho, carrera que marcó su carácter y personalidad de una capacidad dialéctica que le iba a permitir imponer ante el poder civil la «superioridad de la autoridad religiosa».
Vuelve a Roma en 1185 y dos años después es ordenado subdiácono; en 1190, cuando ya gozaba de gran prestigio en los círculos vaticanos, su tío, el papa Clemente III, lo nombra cardenal-subdiácono de los santos Sergio y Baco. Dedicándose, desde el pontificado de Lucio III, a los asuntos curiales, preferentemente jurídicos, aunque su febril actividad no le impedía dedicar varias horas al día a su afición favorita: escribir obras breves, la más famosa de las cuales es un opúsculo sobre la teología y el ascetismo: menosprecio
del mundo.

Un joven papa

El joven cardenal, un hombre brillante, astuto político de carácter impulsivo, gozaba de tal prestigio que el mismo día de la muerte de su predecesor, Celestino III, el 8 de enero de 1198, fue elegido papa. Contaba sólo treinta y siete años de edad y la elección se inclinó en favor suyo a pesar de que su antecesor lo había postergado, presumiblemente porque era miembro de la familia Orsini, enemiga declarada de los Conti. Adoptó el nombre de Inocencio III, para borrar la figura del antipapa Lando di Sezze, quien en 1179, apoyado por Federico I Barbarroja contra Alejandro III, se hizo proclamar papa. Fuera de los exclusivos círculos romanos, la elección de Lotario dei Conti de Segni causó asombro y fue la comidilla de algunos padres de la Iglesia y príncipes terrenales, porque estimaban que carecía de experiencia. Jamás volvió a haber un papa tan joven. Hasta tal punto arreciaron las críticas, que un poeta alemán resumió el estado de ánimo de la cristiandad en una plegaria que puso en labios de un ermitaño: «Venga a nosotros tu Reino, venga a nosotros tu Reino, porque el papa, ¡ay!, es harto joven; socorre con piedad a tu cristiandad».
Los electores reunidos en el Septizonio, en el Palatino, sabían empero lo que se hacían. Los tiempos exigían un papa vigoroso, enérgico y valiente. Lotario reunía estas cualidades con creces: «Fortis, magnanimus et astutus», dijo su primer biógrafo.

Ideas en el papado de Inocencio III

Las ideas fundamentales de Inocencio III sobre el poder pontificio y lo que constituyó el programa de su pontificado están contenidos en su abundante correspondencia y, en particular, en el sermón que predicó el día de su coronación en San Pedro, el 22 de febrero de 1198, haciendo luego su entrada solemne en Letrán acompañado del prefecto de la ciudad, senadores, nobleza, barones de la provincia, cónsules y gobernadores. Su pontificado se presentaba con augurios de dificultades. La gran contienda entre el Papado y el Imperio estaba como amortiguada a partir de la muerte de Enrique VI, pero iba a reanudarse pronto. A la vez, los grandes soberanos de Europa robustecían su poder y se esforzaban en sustraerse de la influencia papal, cuya valiosa protección habían solicitado prestando juramento de homenaje y pagando censos. Además, la nobleza secular y los municipios hacían pedazos la propiedad eclesiástica, que debía ceder al choque de nuevas fuerzas. Inocencio III empezó su reinado asentando el principio de la preeminencia del poder pontificio sobre el poder temporal, que constituyó el ideal de su gobierno y estaba conforme con la teoría de Gregorio VII de las dos espadas, de las cuales la temporal está sometida y debe servir a la espiritual.
Ya aposentado en Roma, tras las solemnes fiestas de coronación, pensó imponerse a la república con hábil política, conciliadora pero firme. Favoreció de un modo especial a la burguesía de los comerciantes, ligada con muchos intereses de la Santa Sede, sirviéndose para ello del poderío de su familia, sobre todo de su hermano Ricardo, quien, después de haber entrado en posesión de los bienes de los Poli, mandó construir la famosa torre de los Conti en la región del Foro.

Papa Inocencio III y San Francisco de Asís
Papa Inocencio III y San Francisco de Asís

Relaciones con los Estados y los emperadores

A fines de 1198, Inocencio III había resuelto el asunto prioritario: la reorganización y aun reconquista de los Estados Pontificios de Italia. Exigió al punto de todas las autoridades romanas y de los señores de las diversas ciudades de sus Estados el juramento de vasallaje. Todo el mundo entendió en seguida que no era sólo un teórico. Conocía la psicología humana y tenía un gran sentido pragmático de la vida. Sabía dominar las circunstancias más difíciles y, con tacto diplomático, aprovechar las ocasiones oportunas para vencer. En la curia imperaba la corrupción. Introdujo en ella mayor sencillez, y tres veces por semana daba audiencia pública; castigó severamente a los funcionarios ávidos de lucro y a los falsificadores de bulas papales.

Intervención en Alemania

Luego, en 1199, reconquistó Sicilia, sobre la cual poseía derechos feudales que le habían sido arrebatados por los emperadores. Una vez obtenido el orden interno, dirigió su mirada hacia los Estados europeos. Por ejemplo, intervino en la elección del emperador de Alemania. En efecto, a la muerte de Enrique VI, en 1198, tuvo lugar una doble elección (Felipe de Suabia y Otón IV) que desencadenó la guerra entre los Hohenstaufen y los güelfos. El papa se decantó por estos últimos. Otón fue coronado en 1209, tras el asesinato de Felipe de Suabia, quien se había ganado las simpatías papales. Pero Otón se enfrentó inesperadamente con el papa, que lo excomulgó. La sanción llevaba implícita la deposición del emperador. Siguiendo la voluntad de Inocencio III, los príncipes alemanes eligieron a Federico II, que el 25 de julio de 1215 fue coronado por el arzobispo de Maguncia en Aquisgrán.

Concilio de Letrán

La contienda de la sucesión al trono de Alemania se zanjó definitivamente en el Concilio de Letrán, inaugurado el 11 de noviembre de ese mismo año, tras convocatoria en abril de 1213 para la reforma de la Iglesia universal y la recuperación de Tierra Santa. Fue el concilio con más quorum de los celebrados hasta la fecha. Además de embajadores, reyes y emperadores, asistieron 412 obispos, 800 abades y numerosos representantes de cabildos. Uno de los temas debatidos fue la organización de una nueva cruzada, programada para el 1 de junio de 1217. No llegó a verla porque le sorprendió la muerte, y así no pudo ver cumplido su sueño de la conquista del Santo Sepulcro, pues las importantes fuerzas europeas que en 1202 logró reunir y enviar a Tierra Santa fueron desviadas de su rumbo, y, en uno de los episodios más vergonzosos de la historia de la Iglesia, se dedicaron, en 1204, al saqueo de Constantinopla, hecho que acrecentó el odio entre las Iglesias de Oriente y Roma, abriendo entre ambas un abismo infranqueable. Luego, entre 1212 y 1213, Francia y Alemania organizaron la «cruzada de los niños», que fue una imprudencia temeraria, porque muchos de ellos, sin guías ni jefes, sucumbieron ante las privaciones y el hambre.
Era incapaz de controlar los entusiasmos que provocaba con sus soflamas místicas. La misma cruzada contra los albigenses en el sur de Francia, predicada el 18 de junio de 1209, desbordó los límites de moderación y justicia que él deseaba, y la figura de los legados pontificios, creada por él mismo, terminó en la práctica dando lugar a la figura de los primeros inquisidores.

Cruzadas
Cruzadas

Intervención en Inglaterra y Francia

Su actividad tuvo por campo muchas naciones, pues era llamado en numerosas ocasiones para que ejerciera su arbitraje o la mediación. Fue ejemplar la intervención que tuvo en Inglaterra. El rey Juan sin Tierra negó en 1207 su reconocimiento al cardenal Esteban Langton e inició además una persecución de sus partidarios. El papa declaró el entredicho en toda la isla y, tras numerosas exhortaciones, excomulgó al rey. Cuando éste iba a ser depuesto por el ejército del rey Felipe Augusto de Francia, reconoció el derecho pontificio y, para demostrar su buena disposición, se declaró súbdito feudal del papa. En Francia mantuvo también diversas luchas con el mencionado rey en defensa de la inviolabilidad del matrimonio. Como las recomendaciones del papa para que abandonara a su concubina, Inés de Merano, y readmitiera a su esposa repudiada, Ingeburga, no surtieran efecto, en 1200 lanzó el entredicho contra toda Francia. La reacción fue tan grande que Felipe Augusto tuvo que ceder, si bien el asunto no se zanjó hasta 1212. De modo parecido fue su proceder en todas partes.

Otros reinos se ponen al servicio de Inocencio III

En 1204 don Pedro de Aragón fue coronado por Inocencio III y en reconocimiento puso el reino a su servicio como feudo. Algo parecido hicieron Sancho de Portugal y Alfonso de Castilla. Logró que Bulgaria, Servia y Galitzia, que eran adictas a la Iglesia oriental, regresasen a Roma. Igualmente defendió los derechos de la Iglesia contra los reyes de Noruega, Suecia, Polonia y Hungría. Su correspondencia con soberanos, príncipes, obispos,
ruega, Suecia, Polonia y Hungría. Su correspondencia con soberanos, príncipes, obispos, clérigos y fieles de todo el mundo, sobre las más diversas cuestiones, atestigua su fecunda y compleja personalidad.

Reforma de la iglesia

Inocencio III protegió el monaquismo (adopción de un estilo de vida más o menos ascético dedicado a una religión y sujeto a determinadas reglas en común), de manera que durante su pontificado fueron confirmadas las reglas de los hospitalarios, de las órdenes del Espíritu Santo, de los trinitarios y de los humillados, y dieron comienzo las órdenes de Santo Domingo de Guzmán (dominicos) y San Francisco de Asís, fundadas en 1209. Pero su contribución más característica a la reforma general de la Iglesia estriba en su papel como legislador, de manera que el derecho canónico reformado se inspira en buena medida en la normativa creada por Inocencio III.

Muerte de Inocencio III

A punto se hallaba de encaminarse a Toscana, para poner paz entre Pisa y Génova, cuando la muerte le sorprendió en Perusa, el 16 de junio de 1216. Fue sepultado en aquella catedral, pero, en 1890, León XIII mandó trasladar los restos a Roma y depositarlos en la basílica de Letrán, en donde le erigió un monumento.

Tumba de Inocencio III
Tumba de Inocencio III
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