Juana de Arco

Juana de Arco

Inicio » Biografías » Juana de Arco

Juana de Arco también conocida como la Doncella de Orleans es un personaje místico y mítico de la historia francesa, cuya presencia al frente de las menguadas tropas del delfín Carlos de Valois dio un vuelco inesperado a la guerra de los Cien Años (1337-1453). Esta contienda, que nace de la aspiración de la dinastía de Lancaster al trono de Francia, llevó a los ingleses a la conquista y ocupación de gran parte del territorio galo. A partir de la liberación de Orleans en 1429 y la coronación de Carlos VII en Reims, a instancias de Juana de Arco, las tropas francesas inician una ardua contraofensiva que en dos décadas les dará la victoria.

Escenario de la irrupción de Juana de Arco

Diversas causas se entrecruzan en la guerra que sirvió de escenario a la epopeya y la pasión de Juana de Arco. Por una parte es una prolongada invasión inglesa del territorio francés; por otra, una lucha de sucesión a la corona de Francia entre los Lancaster y los Valois, y al mismo tiempo una guerra civil entre los borgoñones del noroeste y los armañacs del sur, cuyos respectivos ducados apoyaban a uno u otro pretendiente al trono. Estos eran Enrique VI de Inglaterra, que en 1425 se había coronado también rey de Francia en París, y el delfín Carlos de Valois, quinto hijo de Carlos VI, que sostenía las prerrogativas dinásticas de su casa desde un tímido gobierno en Bourgues, sin dineros ni ejércitos.
Juana de Arco irrumpe en escena en el momento más crítico, cuando los ingleses ocupan todos los territorios al norte del Loira. los de la Guyena y la Gascuña en el sudoeste. Al mismo tiempo acosan la frágil frontera sitiando Orleans y apoyando los avances borgoñones hacia el sur. El delfín, pese a la adhesión de los campesinos y nobles rurales y los auxilios en medios y armas que le envía cada tanto su suegra, Violante de Aragón, se encuentra en una situación desesperada. Sólo un milagro puede salvar la causa de Francia, y esa situación límite sin duda hizo posible que la joven lorenesa (que en otras circunstancias político-militares quizá no hubiera pasado de protagonizar una emotiva anécdota) acabara encarnando ese milagro, acaudillando ejércitos, desconcertando al enemigo y coronando a su rey.

Una niña campesina

Domrémy era en 1412 un pequeña aldea rural de la Lorena, cerca del Mosa, cuyos habitantes se dedicaban a la cría de vacas y ovejas. Uno de estos modestos campesinos era Jacques Dare (el nobilizado D’Arc se les otorgaría después), cuyo matrimonio con Isabel Romé le había dado ya tres hijos varones: Jacques, Pierre y Jean. Juana de Arco nace en Domrémy en 1412, se dice que la futura heroína era una niña hermosa y alegre, que acostumbraba reunirse con sus hermanos y otros chicos del pueblo, como Pierre Morel, Louis de Conté, Étienne Roze o Edmond Aubrey, que luego la acompañarían en su gesta. Todos ellos eran fervorosos partidarios del delfín y los armañacs, por entonces en franca retirada tras las derrotas de Cravant, en 1423, y Verneuil, al año siguiente.
Hacia los trece años, Juana cae en un período de meditación y aislamiento, durante el cual —según diría más tarde— oyó por primera vez «voces del cielo», que provenían del arcángel Miguel o de ciertas santas que ella reverenciaba. En la primavera de 1428, las tropas del duque de Borgoña atacan Domrémy, y se cuenta que Juana de Arco acaudilló a los más jóvenes en una ordenada retirada hacia Neufcháteau, demostrando inusitadas dotes de mando y liderazgo. Poco después, la joven asegura que las «voces» le han indicado que ella debe salvar Francia y presentarse ante Carlos para ser su paladín.

Juana de Arco
Juana de Arco

Camino a la corte

Convence a su tío Laxart, de Burey, que la acompaña a Vancouleurs para entrevistarse con el gobernador Robert de Baudricourt. Éste no la toma en serio, pero los señores Jean de Metz y Bertrand de Poulegny, seducidos por la piadosa convicción de la joven, deciden acompañarla.
Los dos nobles que le han jurado fidelidad y los hermanos y amigos de Juana de Arco forman el pequeño cortejo que, no sin correr riesgos, la escolta hasta la corte establecida en Chinon. El canciller George de La Tremoulle y otros cortesanos aconsejan a Carlos que no reciba a la joven campesina, acusándola de insana o tal vez de bruja. El indeciso delfín gana tiempo alojando a los visitantes en el castillo de Coudray, al tiempo que La Tremoulle urde una trampa, disfrazando a Carlos de alabardero y colocando en su sitio a un sustituto. Según la leyenda, la doncella reconoció inmediatamente al soberano y se hincó a sus pies, rogándole que le permitiera salvar a Francia.
El delfín traslada el asunto ante un consejo de sabios y doctores de la Universidad de Poitiers. Tras interrogar a Juana largamente, el consejo declara la honestidad y santidad de sus designios y, puesto que ha de dirigir ejércitos, la autorizan a «vestirse el traje propio de semejante ocupación». En el ínterin el duque de Alençon, primo de Carlos y primer par del reino, ha regresado tras permanecer tres años prisionero de los ingleses. Abraza inmediatamente la causa de Juana de Arco, y esto inclina la balanza a su favor. El delfín, en uno de sus frecuentes vuelcos de ánimo, la nombra general en jefe de los ejércitos que aún no ha reunido, con Alençon como lugarteniente y ayudante de campo. Ambos bandos reciben con estupor la noticia, que el pueblo celebra en las calles y plazas.

Rompe el asedio de Orleans

Uno de los primeros en aceptar que una niña campesina de diecisiete años se pusiera al mando de los rudos guerreros armañacs fue el curtido general La Hire, que inmediatamente organizó un campo de reclutamiento en Blois. Tras él, otros capitanes comenzaron a reunir tropas. Mientras tanto, Juana de Arco establece su cuartel general en Tours, designando portaestandarte a Edmond Aubrey y secretario a Louis de Conté, el único de sus amigos que sabía escribir. Narra la tradición que las «voces» le revelan la existencia de una espada oculta tras el altar de Santa Catalina en Fierbois. También se asegura que el arma había pertenecido a Carlomagno y que la doncella sólo la llevaba como símbolo de autoridad, ya que jamás la utilizó en combate.
La clave estratégica de aquel momento era el sitio de Orleans, que ingleses y borgoñones mantenían desde hacía medio año. No podemos saber si la decisión de romper aquel cerco fue tomada por Juana de Arco o por su estado mayor, que integraban La Hire, De Boussac, Jean de Metz, Florent dTlliers y Ponthon de Saintrailles, además del propio duque de Alençon. Lo cierto es que la doncella y parte de sus tropas logran cruzar las líneas y entrar en la ciudad, probablemente gracias al desconcierto y el supersticioso temor que su presencia impuso entre el enemigo. A cargo de la defensa está el conde de Dunois, llamado «el bastardo de Orleans» (por ser hijo natural del duque Luis I), que recibe efusivamente a Juana. La ciudad está rodeada por fortines o bastillas construidas por los ingleses como bases de su asedio. La doncella envía un mensaje al comandante invasor, lord Talbot, intimidandolo a rendirse en nombre de Dios y de Francia. La respuesta es una agorera amenaza de «quemarla en la hoguera» si no vuelve de inmediato «a su natural ocupación de cuidar vacas».
Juana de Arco no vacila. Viste su armadura, empuña su estandarte y junto a Dunois encabeza una salida, mientras el pueblo enardecido grita por primera vez: «¡Paso a la Doncella de Orleans!.». La bastilla de Saint Loup se rinde tras tres horas de lucha, y al día siguiente llega el resto de las tropas con Alençon y La Hire. Atacan la isla de Saint Aignan y cruzan el Loira para tomar el fuerte de los Agustinos. Se dice que, al ver a Juana de Arco, algunos adversarios huían despavoridos y otros caían de rodillas a sus pies. Pero muchos debieron presentar batalla, pues la lucha fue encarnizada. El último bastión inglés es las Toureíles, y en el asalto la joven es herida por una saeta. Pese a ello, ruega a Aubry que la sostenga y arenga a sus hombres durante el combate final. Los sitiadores se baten en retirada, dejando numerosos muertos y heridos. En cuatro días se ha desmantelado un asedio que duraba ya siete meses y Orleans recibe clamorosa a «su» doncella.

Juana de Arco en batalla
Juana de Arco en batalla

Toma de Reims y coronación del rey

La joven victoriosa se entrevista en Tours con el delfín, que la arma caballero y le otorga los apellidos de D’Arc du Lys, por ser esa flor el emblema de Francia. Juana de Arco no está para ceremonias. Insiste en que hay que aprovechar el desconcierto enemigo para marchar hacia Reims y coronar al rey en su catedral. Varios consejeros se oponen a ese riesgo, que significa atravesar territorio borgoñón. Carlos, como siempre, vacila y Juana asegura que le limpiará el camino. En la rápida y triunfal campaña del Loira las fuerzas armañacs rinden la fortaleza de Jargeau, al mando del conde de Suffolk, y toman las plazas de Meung y Baugency. Lord Talbot les hace frente en Patay, y debe replegarse derrotado. El camino está abierto, y Juana escolta al delfín a Reims, donde se guarda la Sainte Ampolle con cuyos óleos sagrados, según la tradición, se ha ungido a los reyes de Francia desde Clodoveo. El rey es coronado como Carlos VII el 17 de julio de 1429, con gran entusiasmo popular y pompa militar.

Juana de Arco es apresada

La doncella y sus generales quieren marchar sobre París, siguiendo la estela de victorias. La Tremoulle se opone, pues está negociando una tregua. Carlos VII no toma partido. Impulsada por el fervor del pueblo y el espíritu de las tropas, Juana de Arco avanza por su cuenta hacia el norte y fuerza el retroceso de los ingleses, que abandonan sucesivamente Beauvais, Senlis, Creil, Chantilly, Remy, Choisy… hasta que el 26 de agosto los armañacs sientan campamento en Saint Denis, a las puertas de París. Pero el rey se toma dos semanas para llegar hasta allí, lo que permite al conde Bedford reorganizar sus fuerzas. El primer ataque a la puerta de Saint Honoré es rechazado, y la doncella es seriamente herida. Alençon toma el mando y se dispone a volver a atacar, pero Carlos VII se lo impide. Finalmente ha llegado a un acuerdo de tregua, que lo obliga a retirarse al Loira.
Apenas recuperada, Juana de Arco hace caso omiso de tal acuerdo. Reúne soldados, licenciados y campesinos para emprender una campaña personal contra ingleses y borgoñones. Estos últimos amenazan la villa de Compiégne y la doncella acude en su auxilio con 600 jinetes. La derriban del caballo y cae prisionera. Es el 24 de mayo de 1430.

Juana de Arco apresada
Juana de Arco capturada

Proceso y martirio

El duque de Borgoña sabía que la doncella era muy valiosa para sus aliados ingleses, interesados en demostrar que las victorias armañacs habían sido cosa de brujería. Por intermedio de Pierre Cauchon, obispo de Beauvais, entrega a Juana de Arco a cambio de 10.000 libras de oro. En teoría, la joven no pasa a poder de los ingleses, sino a disposición del tribunal eclesiástico de Ruán, que ha de juzgarla por supuesta herejía. Pero se la encierra en una fortaleza, vigilada por soldados ingleses, cuando el procedimiento normal hubiera implicado recluirla bajo el cuidado de monjas en la prisión del arzobispado.
Tampoco Cauchon tenía autoridad para reabrir un caso ya juzgado en Poitiers, ni jurisdicción inquisitorial en Ruán. Su única razón era su bien pagado servilismo a los ingleses, que se ocuparon de forzar al arzobispo y al inquisidor para que «delegaran» en Cauchon la capacidad de juzgar a Juana de Arco. El obispo se ocupó activamente en convocar a cincuenta teólogos y sabios de la Universidad de París y preparó en persona el procés verbal que enumeraba los cargos y los delitos cometidos por la acusada contra la religión y la Iglesia.
El proceso público se inició el 20 de febrero de 1430 en la capilla de la propia fortaleza. Cauchon presidía el tribunal, asistido por el viceinquisidor Jean Lemaitre. Juana de Arco fue llevada con las calzas varoniles que utilizaba bajo la armadura y una capilla que le cubría los hombros y el pecho, ilegalmente, se la privó de los consejos de un defensor, pese a lo cual comenzó respondiendo con serena habilidad y sorteando sabiamente las trampas que le tendía su acusador. Ante el temple y la firme actitud de la doncella, varios jueces abandonaron lo que consideraban una farsa, y uno de ellos, Jean Lefevre, se enfrentó abiertamente a Cauchon. Pero la suerte de Juana estaba echada de antemano. El obispo de Beauvais reunió un nuevo tribunal de una quincena de adictos y durante dos meses continuó el juicio a puerta cerrada. La acusada fue desfalleciendo y llegó a caer enferma. En una de las últimas sesiones, cuando se le reprocha que su estandarte presidiera la coronación de Carlos VII, da la más célebre de sus respuestas: «Había soportado el trabajo, por tanto mereció el honor».

Muerte de Juana de Arco

Cauchon perdía prestigio rápidamente ante el pueblo, la Iglesia y los propios borgoñeses. Hay quien propone llevar a Juana de Arco ante el papa o sometarla al Consejo de Basilea. Los ingleses presionan y el obispo tiende una burda trampa a Juana relacionada con sus ropas de hombre y le lee una confesión que, según se dice, escamotea por otra mucho más grave antes de que la joven firme. Apoyándose en estas y otras falacias, el tribunal declara reincidente de herejía a la doncella y la condena a morir en la hoguera, pena que se cumple el 30 de mayo de 1430 en la plaza del Mercado Viejo de Ruán. Años después, tras la expulsión de los ingleses, Carlos VII —que nada había hecho antes por salvar a su paladín— solicita la rehabilitación de Juana de Arco, que la Iglesia otorga en 1456. La doncella fue beatificada en 1909 y canonizada 1920. Desde entonces es la santa patrona de Francia.

Ejecución de Juana de Arco
Ejecución de Juana de Arco
¿Te ha sido útil este artículo?
1 Estrella2 Estrellas3 Estrellas4 Estrellas5 Estrellas (1 votos, 5,00 de 5)