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Clero Secular en América Colonial

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La iglesia funcionó en América, al igual que en España, tuvo una jerarquía que atendía a su componente episcopal y religioso La jerarquía diocesana, obispos y arzobispos, se nombraba según los procedimientos regulados por el Patronato. De este modo, el Consejo de Indias presentaba al rey una terna de candidatos y el monarca seleccionaba a uno, que era presentado al Papa para su nombramiento y el Sumo Pontífice, en una medida simbólica, le otorgaba el cargo a titulo personal y vitalicio.

Expansión del clero en América

Las diócesis eclesiásticas comenzaron a establecerse en América a partir de 1508, cuando se decidió crear los obispados de Santo Domingo y Concepción, en La Española y San Juan de Puerto Rico. La mayor parte de los 42 obispados creados en América durante el periodo colonial fue paralela a la conquista. En efecto, durante la primera mitad del siglo XVI se fundaron 22 obispados, el 52%, mientras que en la segunda mitad sólo se crearon 9, el 21 % y el ritmo disminuyó en los siglos siguientes: 5 en el siglo XVII y 6 en el siglo XVIII. Esto supone que en el siglo XVI prácticamente se había completado el esquema diocesano americano. Inicialmente, todas las diócesis se integraban en la provincia metropolitana de Sevilla, pero pronto se optó por separar a la Iglesia americana para evitar el control de Roma. Los problemas planteados por la distancia y el tiempo requerido para solucionar cualquier cuestión hicieron evidente, en el siglo XVI, la necesidad de establecer arzobispados. Así, en 1504, se creó la archidiócesis de Yaguata, luego Santo Domingo que controlaba el Caribe y la costa de Tierra Firme, y de la que dependía las diocesis sufragáneas de Magua y Baynúa. Posteriormente se crearon nuevas sedes arzobispales y obispales en centros de importancia política, como México, cuya jurisdicción iba de Guatemala a California; o Lima de Nicaragua a Cuzco.
A medida que avanzaba el proceso de conquista y colonización los esquemas previos se iban quedando obsoletos y pronto se ampliaron los límites del arzobispado de Lima para incluir a Chile y el Alto Perú y se creó el arzobispado de Santa Fe de Bogotá, que controló el territorio entre Nicaragua y Quito.
A fines del siglo XVI había cuatro archidiócesis (Santo Domingo, México, Santa Fe de Bogotá y Lima) con 26 obispados. De Santo Domingo dependían los obispados de Santiago de Cuba, San Juan de Puerto Rico y Coro; de México, Guadalajara, Valladolid, Puebla, Antioquia, Chiapas, Mérida, Verapaz, Comayagua, Guatemala y León; de Santa Fe de Bogotá, Cartagena y Popayán; y de Lima, Panamá, Quito, Trujillo, Cuzco, Arequipa, La Plata, Asunción, Santiago del Estero, Santiago de Chile y la Imperial. En el siglo XVII se produjeron algunos cambios: La Plata se convirtió en arzobispado y pasó a controlar los obispados de La Paz, Mizque, Córdoba y Buenos Aires. También se crearon las sedes de Durango, subordinada a México; la de Caracas, en lugar de Coro y dependiente de Santo Domingo; la de Santa Marta, de Santa Fe de Bogotá; y la de Huamanga, de Lima.

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Diósesis de la Iglesia en Ameríca Colonial

Organización en el clero en América

En las primeras décadas del siglo XVI la escasez de representantes del clero secular para dirigir las parroquias y doctrinas hizo necesario recurrir con bastante frecuencia a los miembros de las órdenes religiosas. Esto provocó frecuentes conflictos de autoridad: ¿a quiénes debían obediencia los religiosos que trabajaban como párrocos o doctrineros, a los obispos o a sus superiores jerárquicos, básicamente los provinciales de las órdenes? Por eso se puede afirmar que el clero secular respondía directamente al rey, que era quien lo había nombrado, mientras que los regulares tenían sus compromisos con los priores de cada orden. La escasez de personal religioso no sólo se hizo sentir en los niveles inferiores de la jerarquía, sino también en los más altos, al punto que 142 de los 214 obispos nombrados en el siglo XVI pertenecían a alguna orden. También había conflictos jurisdiccionales entre obispos y provinciales por una parte, y autoridades laicas por otra. Estas últimas, en uso de los derechos del patronato cedidos por el monarca, creían estar justificadas para entrometerse en la labor de las autoridades eclesiásticas.
Los problemas jurisdiccionales, de obediencia, de competencias, administrativos o doctrinarios eran constantes. Para intentar solucionarlos se crearon los cabildos diocesanos, que funcionaron como órganos consultivos y de asesoramiento de los obispos. Su tamaño dependía de la importancia de la diócesis a la que estaban vinculados, pero sus integrantes solían representar intereses contrapuestos, lo que a menudo dificultaba la toma de decisiones o alcanzar acuerdos consensuados. Por encima encontramos a los sínodos y concilios diocesanos, más centrados en cuestiones (como la evangelización de los nativos), disciplinares o pastorales. Los concilios provinciales (reunión de los obispos de una archidiócesis presididos por el arzobispo) comenzaron a realizarse para cumplir con las disposiciones establecidas en el Concilio de Trento. Inicialmente lo realizaron los arzobispados de México y Lima, aunque hubo algunos en otras diócesis menores. Su principal objetivo era procurar la evangelización de los indios y atender las obras de carácter local. Como las disposiciones iniciales establecían que los concilios se debían reunir cada tres años, Felipe II solicitó al Vaticano, dadas las enormes distancias y las dificultades de comunicación en las colonias, que en América el plazo se ampliara a cinco años. Posteriormente, este plazo se extendería a siete (1584) y doce años (1610). Sin embargo, lo más común era que los plazos no se cumplieran, como ocurrió en México, donde el arzobispo Montúfar convocó los dos primeros, celebrados en 1555 y 1565. Entre 1551 y 1629 se celebraron 11 concilios provinciales, mientras que en el siguiente siglo y medio no se realizó ninguno. Los sínodos, la reunión de un obispo con el clero de su diócesis, trataban de los asuntos disciplinares o pastorales del obispado.

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Evangelización en la colonia

En las diócesis se crearon tres tipos diferentes de establecimientos eclesiásticos: las parroquias, las doctrinas y las misiones, aunque estas últimas no dependían directamente de los obispos. Las parroquias se establecían preferentemente en ciudades con una apreciable población blanca y a su frente se solía situar un cura párroco, que era reemplazado por un miembro del clero regular cuando no había representantes del clero secular para cubrir las vacantes. Las doctrinas, al igual que las encomiendas, eran parroquias rurales constituidas en los territorios donde se encontraban los grupos indígenas sedentarios y sus cabeceras solían estar en el asentamiento más importante de una región. Era frecuente que se recurriera a la autoridad del cacique para que las comunidades indígenas prestaran su colaboración en la construcción de la iglesia y el sostenimiento del cura, que era conocido con el nombre de doctrinero. Doctrinas y encomiendas solían estar relacionadas entre sí, ya que toda encomienda debía tener su doctrina para asegurar la evangelización de los indígenas a cargo de un encomendero. Como los encomenderos no se preocupaban de instruir religiosamente a los indios ni solían estar capacitados para hacerlo, debían contratar a los curas y pagarles sus salarios con los ingresos provenientes de los tributos abonados por la comunidad. Al igual que en las parroquias, los doctrineros especialmente durante el período de la conquista, solían ser regulares, ya que las ordenes religiosas aceptaban por lo general que sus miembros se vincularan como doctrineros a las encomiendas. Las misiones solían ser un elemento minoritario y periférico en el mundo colonial y se situaban en regiones no controladas directamente por las autoridades coloniales donde eran frecuentes las rebeliones indígenas que ponían en peligro la integridad física de los misioneros.

Evangelización del clero en América

La escasez de sacerdotes en parroquias y doctrinas llevó a fomentar las vocaciones indígenas desde fechas tempranas, aunque fue un objetivo difícil de cumplir. Se pensaba que los curas indios, especialmente si pertenecían a la nobleza indígena, podían tener un mejor impacto sobre sus connacionales sobre todo si hablaban en su propia lengua y manejaban sus propios códigos. La creación del colegio de Tlatelolco, próximo a México, no cumplió con las expectativas al reclutar a pocos hijos de caciques con vocación religiosa. A los alumnos indígenas les resultaban extrañas algunas normas que se debían observar, como el voto de castidad. Ante esta realidad, el primer concilio mexicano restringió el acceso de los indios a los seminarios. Debido a las numerosas quejas sobre el funcionamiento de los doctrineros, en la segunda mitad del siglo XVI se prohibió nombrar en ese puesto a los sacerdotes que desconocieran la lengua de los indígenas que iban a evangelizar. Inclusive se planteó la posibilidad de que realizaran un examen antes de tomar posesión de la plaza en cuestión. Ante el cúmulo de protestas elevadas a la superioridad y la falta de material para profundizar el estudio de unas lenguas que muchas veces no tenían ni vocabularios ni gramáticas, la exigencia se limitó a una serie de lenguas llamadas generales por estar su uso más difundido entre los indígenas de las diferentes regiones. Tal fue el caso del náhuatl, quechua aymara, chibeha y maya. La necesidad de contar con obras para el estudio de las lenguas indígenas y con libros en dichas lenguas para desarrollar la evangelización (gramáticas, catecismos y confesionarios), impulso la presencia y desarrollo de la imprenta en América. Esta política de difusión y apoyo a las lenguas indígenas se abandonó en el segundo cuarto del siglo XVII, cuando la Corona apostó cláramente por el uso del castellano en detrimento de las lenguas locales.

Evangelizacion en la Colonia
Evangelizacion en la Colonia
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