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Manufacturas en América Colonial

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La manufactura se estructuró en torno a la producción basada en la transformación de productos de la tierra, que solían elaborarse in situ y sin un gran trasiego de insumos. Si bien su origen debe buscarse en la economía doméstica indígena y en las técnicas aportadas por los colonos, el crecimiento económico favoreció la expansión de los mercados y del consumo. El crecimiento de las ciudades, haciendas y centros mineros revalorizó su papel. Junto a nuevos talleres urbanos encontramos un buen número de artesanos en las haciendas y reales de minas. La dispersión del sector y el hecho de que parte de su producción permaneciera al margen de las estadísticas dificultan su estudio. Por ejemplo, los telares no indígenas no pagaban impuestos. La situación cambió en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando la Real Hacienda comenzó a cobrar directamente las alcabalas. Y si nuestro conocimiento de las manufacturas es insuficiente, en el caso de los empresarios la ignorancia es aún mayor.

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La Encomienda en América Colonial

Manufactura Americana: Principal Abastecimiento Local

Tecnológicamente, las diferencias entre las manufacturas europeas y americanas no fueron importantes durante los siglos XVI y XVII, si bien en el XVIII, a consecuencia de la Revolución Industrial, la brecha aumentó. Pese a las trabas existentes para el desarrollo local, la producción europea no pudo conquistar los mercados coloniales: las distancias, los accidentes geográficos y el estado de los caminos constituían una barrera proteccionista que incrementaba el coste del transporte y el precio de venta final del producto. Sólo en los puertos los precios de los productos importados (textiles de alta calidad y alto precio unitario, herramientas y otros productos de hierro, papel y medicinas), eran más asequibles. Por eso, el tópico de que la Corona se oponía al desarrollo manufacturero colonial y que la competencia de la industria europea arruinó a las manufacturas americanas es una simplificación. Las manufacturas locales, en parte explotadas por los indígenas, se destinaban a abastecer la demanda Popular. Ciertas manufacturas no competían con las europeas, como la fabricación de carretas y otros medios de transporte, la construcción privada y de obras públicas y la transformación de productos alimentarios. La debilidad de la industria peninsular y el escaso desarrollo en algunos sectores de las manufacturas europeas permitió que las americanas crecieran más deprisa. Una necesidad básica del mundo colonial era el vestido, que desarrolló el sector textil, con el predominio de formas domésticas de producción. Las explotaciones rurales eran mayoritarias y solían emplear trabajo indígena. Su producción se destinaba al autoconsumo del núcleo familiar o de la comunidad, los propietarios de los husos, telares y demás medios de producción. Las necesidades básicas de la población, cubiertas por la producción doméstica o familiar, también afectaban a la cerámica, zapatos, sombreros, tejas, ladrillos, jabón, productos de cuero, velas y un largo etcétera que incluía fábricas de vidrio y pólvora.

Los Obrajes

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Obrajes en el Virreinato

La producción artesana no cubría toda la demanda urbana y minera. Por eso desde el siglo XVI se desarrollaron los obrajes textiles, que requerían una inversión de capital mayor que los talleres artesanales y orientaban su producción a mercados más grandes. Al demandar abundante mano de obra, solían ubicarse en las zonas más pobladas de Nueva España, Perú, Quito o el Río de la Plata. Los obrajes se clasificaban de acuerdo al numero de telares y la cantidad de trabajadores. En promedio solían tener 45 trabajadores aunque alguno alcanzó los 120. Los obrajes enteros tenían mas de doce telares y su correspondiente dotación de trabajadores indígenas, y los medios, entre seis y doce. Los obrajes abiertos utilizaban mano de obra libre, también estaban los trapiches, una versión más reducida que requería menos capital. Los obrajes también se podían clasificar de acuerdo a su propietario: la Corona, los particulares o las comunidades. La producción textil, especialmente la de los obrajes, se centraba en telas de lana burdas de baja y media calidad (sayales, sargas, paños, pañetes, frazadas, mantas y ponchos) y en menor medida, de algodón. A principios del siglo XVII había en el virreinato peruano unos 300 obrajes, lo que nos da una idea de su importancia. La baja calidad y sus menores precios fueron determinantes para garantizar su supervivencia frente a la competencia europea. Sin embargo, en el contexto americano de los siglos XVI y XVII los obrajes eran empresas caras y su precio superaba al de las explotaciones agrícolas y ganaderas debido al elevado coste del equipo, los insumos y la mano de obra, muchas veces transmitida junto con la titularidad de la propiedad. La producción de los obrajes requería determinados insumos, además de la lana o el algodón, como los tintes y algunas sustancias minerales imprescindibles para el teñido y lavado de las telas. Pese a la importancia del sector textil había otras manufacturas destacadas, como los astilleros. La construcción, mantenimiento y reparación de buques sobresalió en Guayaquil, La Habana y Asunción del Paraguay, favorecida por la disponibilidad de maderas, brea y textiles en sus hinterlands.

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