Montesquieu

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Montesquieu fue un noble, cosmopolita, comerciante, jurista, politólogo, además de literato irónico e incisivo, Charles-Louis de Secondat, barón de La Brédey señor de Montesquieu, encarna como nadie el espíritu del Siglo de las Luces, el siglo de la confianza total en la razón humana y de la fe optimista en el progreso. Su doctrina política, que busca el freno eficaz a los abusos del despotismo en la separación e independencia de los tres poderes del Estado (legislativo, ejecutivo y judicial), ha sido incorporada por todas las naciones civilizadas y permanece vigente trescientos años después del nacimiento de su autor.

Principales acontecimientos en la vida de Montesquieu

1689 Nace en el castillo de La Bréde, en Burdeos.
1716 Hereda de su tío la presidencia del parlamento de Burdeos.
1721 Publica las Lettres persanes.
1748 Publica De l’esprit des lois.
1753 Escribe su ensayo Le goüt para la Encyclopédie.
1755 Muere en París.

Pensamiento de Montesquieu

Poseedor de un pensamiento rico y variado, difícil de circunscribir, Montesquieu ha sido interpretado de múltiples maneras, en ocasiones con ánimo partidista, para hacerlo jugar en campo contrario. Es, para unos, feudalista nostálgico, anglofilo ferviente, «la biblia de la oposición retrógrada»; para otros, un pensador liberal cuyas ideas le son dictadas por un profundo respeto hacia el ser humano. Parece fuera de toda duda que su amor por la libertad y su repugnancia hacia la tiranía fueron, en definitiva, los que le llevaron a la formulación de un pensamiento que constituye parte esencial de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, texto que, votado el 26 de agosto de 1789, proclamó la igualdad de los hombres y sus derechos: libertad, propiedad, seguridad y resistencia a la tiranía. Utilizada como preámbulo de la Constitución revolucionaria francesa, tuvo gran influencia en todos los textos constitucionales posteriores.

Nacimiento : Un noble presidente de provincias

Charles-Louis de Secondat nació en el castillo de La Bréde, al sur de Burdeos, el 18 de enero de 1689, en el seno de una familia de magistrados de casa noble y sugestivo lema latino: «Virtutem fortuna secundat» («La fortuna secunda la virtud»). De entre la división que de la nobleza existía en Francia —de espada y de toga—, los Montesquieu debían la suya a lo segundo. «Trescientos cincuenta años de probada nobleza» de la que el futuro señor de Montesquieu y barón de La Bréde se declarará más tarde orgulloso. Fue, por nacimiento, el primer hijo de Marie-Frangoi-se de Pesnel, heredera de La Bréde, y de Jacques de Secondat, nieto del primer presidente del parlamento de Burdeos y antiguo capitán de caballería ligera retirado a sus tierras, en las que morirá cuando el niño cumpla los siete años de edad.

Educación de Montesquieu

A los once ingresa en el colegio de Juilly, cerca de París, regido por la comunidad oratoriana, fundada por san Felipe Neri. Allí permanece cinco años empapándose de la Antigüedad clásica y, al salir, siguiendo con la tradición familiar, inicia en Burdeos sus estudios de derecho. Bachiller—el primer grado de la carrera— en 1708, licenciado unos meses más tarde, se convierte en abogado del parlamento de Burdeos. Al año siguiente partirá hacia París para perfeccionar sus conocimientos de jurisprudencia.

Matrimonio y familia de Montesquieu

En la capital, además de relacionarse con miembros de las distintas academias, se introducirá en la sociedad parisina. La muerte de su padre, acaecida el 15 de noviembre de 1713, le conduce de nuevo a Burdeos, de cuyo parlamento es nombrado consejero en 1714.
El 30 de abril de 1715, a los veintiséis años, contrae matrimonio con la calvinista Jeanne de Lartigue, que pertenece a una familia de nobleza reciente, lo suficientemente rica como para que la novia aporte al matrimonio la considerable dote de cien mil libras. Se instalan en la calle Margaux de Burdeos y a los diez meses de la boda nace Jean-Baptiste de Secondat, el primer y único hijo varón del matrimonio, al que seguirán Marie, en 1717, y Denise, en 1727.

Investigaciones de Montesquieu para la Academia de Ciencias

El mismo año del nacimiento de su hijo, Montesquieu es elegido miembro de la Academia de Ciencias de Burdeos, en la que funda un premio de anatomía de 300 libras, y hereda bienes y funciones de su tío Jean-Baptiste de Secondat, presidente del parlamento de Burdeos, al que sucede el 13 de abril. No encontrando ningún placer en el desempeño del cargo, del que según decía «no entendía nada», se dedica, además de escribir, a la investigación experimental, y año tras año presenta el fruto de su trabajo en forma de estudios científicos a la Academia de Ciencias. Ensayos sobre el eco, las glándulas renales o la transparencia de los cuerpos son algunos resultados de su interés.

Publicación de las Lettres persanes y Le temple de Guide de Monstesquieu

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En 1721 la aparición en Amsterdam, sin nombre de autor, de las Lettres per sanes (Cartas persas) da fe del nacimiento de un escritor satírico. Se trata de 159 cartas cruzadas supuestamente entre dos viajeros persas y sus amigos en Persia, las cuales le brindan la ocasión de fustigar a los curas, los financieros y a los nobles. Ni siquiera el rey o el papa, «un viejo ídolo al que se da incienso por costumbre», escapan a su ironía. Estas cartas lo catapultan a la fama y le abren de par en par salones tan prestigiosos como los de madame de Lambert o de madame de Tencin, en los que se dan cita cuantos personajes juegan un papel destacado en el París del momento.De 1721 a 1728 Montesquieu vivirá a caballo entre Burdeos y París. Vende su cargo de presidente del parlamento, publica una corta y licenciosa novela, Le temple de Guide (El templo de Guido), entra en la Academia Francesa y, a partir de 1628, emprende durante tres años el descubrimiento de Europa:Viena, Hungría, las repúblicas italianas, el sur de Alemania, y sobre todo Inglaterra —en Londres vivirá algo más de un año— desfilan ante sus ojos con sus sistemas políticos, en los que repara especial atención.
A su regreso permanece dos años voluntariamente confinado en su castillo de La Bréde y en 1734 publica Considérations sur les causes de la grandeur et de la décadence des romains (Consideraciones sobre las causas de la grandeza de los romanos y de su decadencia), esbozo tímido y limitado de su gran obra, a la que va a consagrarse a partir de este momento.

En busca de la ley de las leyes

Durante catorce años, el que había sido joven y desenvuelto presidente va a trabajar sin descanso en cosas serias: «¿Por qué voy a ocuparme en escribir frivolidades? Aspiro a la inmortalidad y está en mí mismo». En el esfuerzo arruina su salud, la vista sobre todo, y su cabello encanece. En 1748 aparece por fin el fruto de tanto esfuerzo, De I’esprit des lois (El espíritu de las leyes), o más exactamente, De I esprit des lois ou du rapport que les lois doivent avoir avec la Constitution de chaqué gouvernement, les moeurs, le climat, la réligion, le commerce. El extenso título cubre una obra inmensa: 29 libros de 555 capítulos, con la que pretende demostrar, y lo consigue, que en el seno de la confusión de las leyes de todos los países y de todas las épocas existe un orden: «Existen unos principios universales que permiten comprender la totalidad de la historia humana en sus mínimos detalles. ¿Cuáles son? El tipo de gobierno, el clima, el suelo, las costumbres, el comercio, la moneda y la religión». Y una a una presenta la relación necesaria que se deriva de la naturaleza de las cosas. Él clima, por ejemplo, que hace a los hombres apáticos y lascivos, predisponiéndolos al despotismo y a la esclavitud; explica también la poligamia, porque las mujeres se estropean antes. Una solución: la ciencia política, ya que una buena constitución podrá, en un pueblo civilizado, corregir algunos defectos naturales. Y una finalidad última: la utilidad social y la felicidad de la humanidad.
La obra, escrita con suma sencillez, en un lenguaje impecable, riguroso y elegante, representó, por su mucha envergadura, un esfuerzo gigantesco. En marzo de 1749 escribe a un amigo: «Confieso que este trabajo ha pensado en matarme… Voy a descansar, no trabajaré más». Pero se ve obligado a tomar de nuevo la pluma para escribir la Béfense de I’esprit des lois (Defensa del espíritu de las leyes), que aparece en 1750, en respuesta a sus muchos detractores, jansenistas y jesuítas sobre todo, que por una vez y sin que sirva de precedente se presentan unidos.

Fallecimiento de Mosteuquieu

En 1753 redacta su ensayo Le goüt (El gusto), artículo de la Encyclopédíe —la obra más representativa del siglo XVIII, a través de la cual los enciclopedistas, a quienes también se les llamó filósofos, pretendían poner al alcance de un amplio sector de público, por un poderoso esfuerzo de vulgarización, todas las ramas del conocimiento—, y a finales de diciembre de 1754 parte hacia París, fiel a su costumbre de dividir su tiempo entre la capital y Burdeos. El 29 de enero de 1755 se siente enfermo y pocos días después, el 11 de febrero, muere, a los sesenta y seis años. La ceremonia del entierro tuvo lugar en la iglesia de Saint-Sulpice, aunque nadie sabe con certeza si murió como cristiano, como pretende su amigo Suard, o como filósofo, como asegura Voltaire. De entre los filósofos, sólo Diderot asistió al acto.

Notas inéditas de Montesquieu

Deja al morir gran cantidad de notas inéditas, sus Pensées, gracias a las cuales sabemos de su equilibrio: «Mi máquina está tan felizmente construida, que los objetos me impresionan con la fuerza necesaria para que puedan causarme placer y no con la suficiente fuerza para que puedan causarme pena»; también de su lucidez y método, tanto en la administración de sus tierras gasconas como en su vida. Espectador curioso, capaz de divertirse con todo y de todo, escéptico y algo cínico en los años mozos, crece en indulgencia, comprensión y optimismo con la edad. Trabajador infatigable, tímido, distraído, temeroso de pasiones y efusiones, confiesa no haber estado nunca de mal humor y mucho menos aburrido: «Me despierto por las mañanas con una alegría secreta; veo la luz con una especie de arrobamiento. El resto del día estoy contento». Se declara por muchas razones un buen ciudadano de Francia, de Europa y, en definitiva, del mundo: «Si supiera de algo útil para mi nación que fuera ruinoso para otra, no se lo propondría a mi príncipe, porque antes de ser francés soy hombre, o bien porque soy necesariamente hombre, y sólo soy francés por casualidad».

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