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La batalla de Agincourt

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En la batalla de Agincourt se dio la victoria del pequeño, agotado y hambriento ejército de Enrique V contra una enorme hueste francesa supuso el gran triunfo del arco largo inglés en la guerra de los Cien Años entre Inglaterra y Francia. Sin embargo, a pesar de la lluvia de flechas, la batalla llegó al combate cuerpo a cuerpo, y no fue una victoria fácil para los ingleses, como se ha referido con frecuencia.

Datos de la batalla de Agincourt

Quiénes: Un ejército inglés de 6.000 hombres bajo el mando del rey Enrique V (1388-1422) derrotó a un ejército francés de 36.000 hombres bajo el mando de Carlos d’Albret, condestable de Francia (1369-1415).

Cómo: Agincourt contempló cómo un pequeño ejército inglés, bien disciplinado y atrincherado, derrocaba a un ejército francés mucho mayor mediante el uso masivo del arco.

Dónde: La batalla de Agincourt tuvo lugar cerca del castillo de Azincourt, aproximadamente a mitad de camino entre Calais y Abbeville, en el norte de Francia.

Cuándo: Viernes 25 de octubre de 1415.

Por qué: Enrique V deseaba resucitar el derecho inglés al trono de Francia.

Resultado: Agincourt (Azincourt) fue la mayor victoria inglesa de la guerra de los Cien Años contra Francia.

En 1413 Enrique V, con solo 27 años, subió al trono inglés con la ambición de lograr el control del norte de Francia. A principios de julio de 1415, Enrique V había reunido, con el máximo secreto, un ejército de 12.000 hombres en torno de Winchester, mientras buscaba el tonelaje necesario para transportar a sus tropas a Francia. El 11 de agosto su ejército zarpó de la costa meridional en 1.500 buques y llegó al extremo de la península situada al norte del Sena dos días después. A primera hora del día siguiente, 14 de agosto, los ingleses empezaron a desembarcar. Por fortuna para estos, el condestable francés Carlos d’Albret había esperado que Enrique V desembarcara a su ejército en el lado sur del Sena, como preludio de una marcha a París. Sin embargo, París no era el objetivo de Enrique V. Había puesto los ojos, en cambio, en la gran ciudad portuaria fortificada de El Havre (Harfleur), situada 1,6 km río arriba del Lézaide, un afluente del Sena, protegida por marjales intermareales salobres y por un lago. El Havre estaba ocupada por 400 caballeros bajo el mando de Raúl de Gaucourt.
El 19 de agosto los ingleses habían sitiado El Havre por todos lados, pues el duque de Clarence, al este, bloqueaba el acceso y el socorro de Rouen, mientras que Enrique V estaba acampado en el lado oeste del puerto. Enrique V ordenó erigir líneas de asedio, mientras los mineros galeses de Clarence excavaban túneles para minar las murallas, y la artillería inglesa disparaba contra la ciudad día y noche. Un mes más tarde, ambos bandos padecían los efectos de la disentería, llamada el flujo sangrante, y una aguda escasez de alimentos. Enrique V se reunió con Gaucourt el 17 de septiembre; no obstante, el noble francés se negó a aceptar los términos de la rendición.
La única esperanza de Gaucourt era que el delfín, el príncipe Luis de Guienne, viniera en su auxilio. Guienne Temiendo un asalto inglés y posterior masacre, el pueblo suplicó a Gaucourt que capitulase, cosa que hizo el 22 de septiembre.

arqueros agincourt
Arqueros en la batalla de Agincourt

La marcha a Calais

Los consejeros de Enrique V, entre ellos Clarence, recomendaron al rey que regresara triunfante a Inglaterra y abandonase Francia a sus guerras civiles y conflictos. Enrique V se negó, así que Clarence regresó a casa enojado, dejando al rey planease la siguiente fase de su campaña. El Havre era una presa pequeña para tan gran esfuerzo, y Enrique V no era hombre que se durmiese en los laureles. Deseaba atraer a los franceses para disputar una batalla campal y derrotarlos de forma decisiva; cualquier otra cosa sería un fracaso.
Confiando en Dios y en sus hombres (5.000 arqueros y 900 jinetes armados), Enrique V partió de El Havre el 6 de octubre, con la intención de cubrir los 250 km hasta Calais en ocho días. Le llevaría mucho más tiempo y resultaría ser una dura experiencia para su ejército, reducido a la mitad en el agotador asedio de El Havre. Los franceses, hábilmente mandados por D’Albret, siguieron los movimientos de los ingleses a lo largo del Somme, y en el vado de Blanche Taque 6.000 franceses bloquearon su avance a través del río, obligando a Enrique V a continuar a lo largo de la ribera meridional. El 15 de octubre, cuando debían haber llegado a Calais según los cálculos disparatadamente optimistas de Enrique, los ingleses pasaron discretamente junto a Amiens. Tanto los soldados como los consejeros de Enrique empezaron a preguntarse si alguna vez cruzarían el Somme.
Finalmente, cuatro días después, tras eludir al ejército francés en Péronne cruzando campo a través y evitando un meandro del Somme, los ingleses llegaron a Nesle, donde encontraron dos vados sin defender. En un solo día cruzaron sin peligro, y pudieron avanzar hacia el norte el 21 de octubre, aunque con la expectativa diaria de un ataque francés.
Prudentemente, los franceses se tomaron su tiempo y D’Albret argumentó, como el duque de Berry, que los franceses debían evitar una batalla campal. Enrique no vería recompensado su esfuerzo si regresara a Calais sin haber disputado y ganado una batalla. Había que tomar de nuevo El Havre. Sin embargo, los duques reales (Orléans, Borbón y Alençon) rechazaron las objeciones de D’Albret. Deseaban aplastar a los ingleses en el campo y obtener un poco de gloria marcial, muy necesaria para sí mismos y para Francia.

Agincourt

El 24 de octubre llegaron las noticias que los ingleses habían temido: el ejército francés estaba concentrado en una llanura entre las poblaciones de Azincourt, Tramecourt y Maisoncelle. Enrique se volvió a su criado galés, Dafyd Gam, pidiéndole que estimara el número de la vasta hueste francesa, y Gam replicó serenamente: «Señor. Hay suficientes para matar, suficientes para capturar y suficientes para que huyan». De hecho, los franceses superaban en número a los ingleses seis a uno, con 36.000 soldados en conjunto, mientras se alineaban en una fuerte posición defensiva a lo largo de la carretera de Calais, que cruzaba la llanura de Azincourt. Sus flancos estaban protegidos por bosques; su retaguardia, por campos abiertos y solo un pequeño valle poco profundo los separaba del endeble ejército inglés.
Durante la noche, Enrique obligó a sus hombres a guardar silencio total, viéndose estos limitados a comunicarse con susurros. Este inquietante silencio desconcertó a los franceses, quienes esperaban que fuese un ardid inglés para escapar a su inevitable perdición la mañana siguiente. Organizaron una línea de piquetes con hogueras a intervalos regulares a lo largo de la carretera para impedir una fuga. Enrique esperaba un ataque nocturno, así que mantuvo a sus hombres en orden de batalla buena parte de la noche. Él mismo tampoco durmió, haciendo preparativos para la próxima batalla y enviando exploradores, que regresaron con noticias de que el terreno parecía una sopa de barro.

Disposiciones para la batalla de Agincourt

Enrique decidió extender la línea inglesa entre los bosques que rodeaban los pueblos de Maisoncelle y Tramecourt. Como el terreno por delante de la línea inglesa se había convertido en un lodazal, el ataque francés se vería estorbado y convertiría al enemigo en un blanco muy fácil para sus arqueros. Las condiciones eran ideales, y Enrique colocó a los jinetes armados desmontados en el centro de su línea de batalla y a los arqueros en los flancos. El centro estaría bajo el mando de Enrique, el ala derecha era mandada por el duque de York y la izquierda por Tomás, lord Camoys.
Enrique sabía que se enfrentaba a una apuesta desesperada y peligrosa. No tenía reservas, no había posiciones de repliegue y no tenía ningún lugar cercano hacia donde escapar en caso de ser derrotado. La única línea de Enrique podía ser flanqueada si los franceses utilizaban una parte de su ejército para dar la vuelta al bosque y atacarle por la espalda. Incluso si los franceses lanzaban un asalto frontal, los ingleses podían ser aplastados.
Los franceses tenían un plan de batalla trazado. Boucicaut, mariscal de Francia, y el condestable D’Albret mandarían la primera división, compuesta por 8.000 jinetes armados desmontados. 4.000 arqueros y 1.500 ballesteros. La división principal (central) estaría bajo el mando del príncipe Carlos d’Artois y de Alençon, con un número similar de soldados, y estaría flanqueada por dos alas de jinetes montados, bajo el mando de Richemont y Borbón.
El plan se vino abajo incluso antes de ser puesto en práctica, y en lugar de ir precedidos de una lluvia de flechas de sus arqueros y ballesteros, los jinetes armados franceses los empujaron a la parte posterior de la formación.

mapa batalla agincourt
Mapa de la batalla de Agincourt

El día de San Crispín

Tras una larga y fría noche de lluvia torrencial, los campos estaban aún más llenos de barro cuando salió el sol el día de San Crispin, el viernes 25 de octubre de 1415. Los ingleses habían pasado la noche al raso mientras que los franceses habían dormido en tiendas y se habían atiborrado de vino y de abundantes provisiones. Los franceses estaban seguros de que obtendrían una victoria fácil.
Pasaron horas mientras cada uno de los lados esperaba que el otro hiciera el primer movimiento. Los franceses tenían buenas razones para esperar. Con cada hora que pasara, su fuerza aumentaría y los ingleses se volverían más débiles. Al darse cuenta de esto, el frustrado Enrique V se vio empujado a hacer el primer movimiento. Ordenó a sus hombres que arrancaran las estacas, avanzaran a la vista del enemigo y erigieran una nueva línea de estacas más cerca de los franceses, esperando incitarles a atacar. El frente se estrechó considerablemente, un cambio que favorecía a los ingleses y que desmontó el plan francés. Los franceses habían pensado enviar a su caballería para atacar los flancos de la línea inglesa, pero ahora se veían obligados a realizar un asalto frontal, exactamente lo que habían esperado evitar. Los franceses se dieron cuenta de que el terreno tenía una inclinación descendente hacia la línea inglesa y el campo se estrechaba en forma de embudo cuanto más se aproximaban a las estacas. Además, hasta este momento, los franceses no se dieron cuenta de que el terreno estaba peligrosamente embarrado y blando.
Sin embargo, se habían trazado un plan y se atuvieron a él. con resultados desastrosos. Los franceses decidieron iniciar la batalla con una carga de caballería que resultó demasiado endeble: 1.200 caballeros montados, y solo un tercio (420 hombres) llegaron a atacar. Sus nobles colegas de a pie se encontraron pronto en dificultades cuando sus pesadas armaduras les arrastraron al fango. Mientras se debatían con el fango por las rodillas, sir Thomas Erpingham (al mando de los arqueros) dio la señal y después gritó la temida orden «¡Fuego ahora!».
Encajaron los culatines, tiraron de las cuerdas hasta su máxima extensión y buscaron la mayor elevación antes de lanzar la primera descarga. Miles de flechas silbaron por el aire como una nube. Suficientes dardos de ballesta, con punta de acero y capaces de perforar una armadura, dieron en el blanco para detener el avance francés. Su efecto sobre los caballos, menos protegidos, fue aterrador, y muchos caballos sin amo, sangrando y relinchando violentamente, galoparon de regreso a las líneas francesas, pisoteando a los caballeros desmontados contra el fango.
Ahora se había creado un estorbo adicional de caballos y hombres muertos y moribundos sobre el que tenían que avanzar los caballeros desmontados. A pesar de las descargas en masa, las enormes bajas y la confusión, los caballeros desmontados siguieron avanzando con determinación y heroísmo. Apenas podían ver, porque las flechas hacían peligroso levantar la cabeza, incluso con un casco blindado. Los caballeros estaban atrapados dentro de sus armaduras y su movilidad, visión y respiración estaban peligrosamente limitadas. Sin embargo, continuaron avanzando por miles.

Combate cuerpo a cuerpo

El mayor honor de salvar al ejército inglés de la destrucción a manos de los jinetes armados franceses desmontados correspondió al pequeño número de jinetes armados ingleses que detuvieron y ensangrentaron el avance francés que llegó hasta sus mismas líneas. Se les unieron los escuderos, criados y un número creciente de arqueros que se habían quedado sin flechas, utilizando cualquier arma que encontraban a mano (hachas, dagas y los mazos que habían usado para clavar sus estacas) para cortar, clavar, ensartar y acuchillar a los vacilantes franceses. El enorme número de hombres había atestado la línea francesa, lo que impedía que sus caballeros pudieran usar sus armas eficazmente. Los franceses estaban ahora tan cerca que los arqueros podían dispararles a quemarropa con un efecto devastador.
En este confuso y crudo combate cuerpo a cuerpo no había cuartel. Como plebeyos, los arqueros ingleses sabían
que serían masacrados sin más por los franceses. En consecuencia, los ingleses estaban, literalmente, luchando por su vida, y pelearon con más ferocidad aún de lo habitual contra los caballeros franceses, que podían ser capturados para pedir rescate más adelante. Esta simple diferencia de psicología podría explicar el resultado de la batalla.
Durante tres espantosas horas la matanza continuó, mientras los muertos franceses se apilaban en montones ante las líneas inglesas. Los ingleses se estaban cansando de su mortal tarea. Hubo un revuelo de última hora entre los franceses cuando, por la tarde, llegó el duque de Brabante. Se quedó en nada cuando Brabante fue abatido con sus hombres. Alarmado por esto, y temiendo que las docenas de prisioneros franceses pudieran tomar las armas de nuevo si había otro ataque, Enrique no se arriesgó y violó todas las normas de la caballería, pasando a cuchillo a sus prisioneros.

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Batalla de Agincourt

Secuelas

No hubo reagrupación francesa ni segundo ataque, como se temía, sino que lo que quedaba del ejército francés huyó del campo de batalla, dejando decenas de miles de muertos, heridos y cautivos a la merced de los ingleses. Estos habían perdido apenas 112 hombres y habían obtenido la más milagrosa de las victorias contra todas las previsiones. Un mes después, Enrique estaba de regreso en Inglaterra, sus hombres fueron generosamente recompensados y el país celebraba ese asombroso día de San Crispin.

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