Enrique VIII

Enrique VIII de Inglaterra

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Enrique VIII fue rey de Inglaterra e Irlanda, ejerció el poder al modo de los monarcas autoritarios, en la primera mitad del siglo XVI, cuando la geografía eclesiástica de Europa occidental vivía momentos de profunda transformación. En el continente, las ansias de renovación y liberación de la Iglesia se plasmaron en la rebelión teológico-dogmática de un monje alemán, Martín Lutero. En Inglaterra fueron los problemas de sucesión dinástica de la familia real la causa de un gran cambio político-religioso, que revistió especiales características: la turbulenta vida amorosa del rey Enrique VIII dio un matiz singular a la separación entre su país y la Iglesia católica, y al ingreso del mismo en el campo de la Reforma.
La imagen de Enrique VIII que ha perdurado a lo largo de los siglos es la de un monarca violento y caprichoso, la de un ser sensual y vindicativo, famoso por su ensangrentado tálamo, por el que pasaron nada menos que seis esposas. Muy distinta era la impresión que de él en su juventud tuvieron los grandes humanistas de la época, Tomás Moro y Erasmo, y las esperanzas que despertaron su brillante inteligencia y su cultura renacentista entre los sabios europeos. Discípulo del poeta John Skelton, que le había instruido en latín y en inglés, dotado para la música, amante de las lenguas y de los juegos de palabras, así como de la poesía y los estudios teológicos, al príncipe se le auguraba un brillante futuro como lingüista y eclesiástico, carrera para la cual lo destinaba su familia.

La dinastía Tudor

Efectivamente, Enrique era el tercero de los cinco hijos de Enrique VII y el segundo varón. Había nacido el 28 de junio de 1491 en el palacio de Greenwich, y en su futuro estaba ocupar el arzobispado de Canterbury. Cuando tenía sólo un año de edad fue nombrado condestable de Dover y lord protector de los Cinco Puertos. A los tres años recibió el título de duque de York, a los cuatro era gobernador de la frontera septentrional y caballero de la Orden de la Jarretera.
Pertenecía a la dinastía de los Tudor, fundada por su padre en 1485. En esa fecha Enrique Tudor, que había estado exiliado en Francia, había puesto fin a la sangrienta guerra de las Dos Rosas tras vencer y dar muerte al tiránico Ricardo VII en el campo de batalla de Bosworth. Cumpliendo con una promesa hecha durante su exilio en París, el primer Tudor se había casado con la heredera de York, Elizabeth, hija del vencedor de tantas batallas, Enrique IV, y así había podido adoptar la enseña de la doble rosa, la roja y la blanca, presentándose como rey de todos los ingleses. A causa del aniquilamiento implacable con que se había dirimido la guerra civil, Enrique VII encontró el camino libre para la implantación de la monarquía autoritaria: el poder feudal se hallaba agonizante y la burguesía le apoyaba en la consolidación del orden y la paz interiores, requisitos para la prosperidad de sus negocios. Con este apoyo, el monarca pudo quebrantar definitivamente el poder ilegal de la nobleza y sus excesivos privilegios. Pero por su parte se enriqueció enormemente gracias a la confiscación y apropiación de los bienes de sus enemigos y al sistema penal de multas que impuso en el país, hasta el punto que su codicia llegó a pesar sobre todo el pueblo. Aun así, el astuto mercader sentado en el trono de Inglaterra logró afianzar su prestigio en el exterior y los monarcas europeos comenzaron a considerarle como algo más que un rey de transición.

Consolidación de alianzas

Para consolidar sus alianzas con el continente, Enrique VII hizo casar a su hijo primogénito, Arturo, con la hija menor de los Reyes Católicos, Catalina de Aragón. La princesa representaba la vinculación con una nueva potencia, España, la cual acababa de fundirse en un solo reino, y por lo tanto significaba una alianza muy apreciada para el afianzamiento de los Tudor. Pero el matrimonio de la infanta española con el príncipe de Gales poco había de durar, pues, al tiempo de celebrada la boda, Arturo murió dejando viuda a Catalina, con dieciséis años, en un país y una corte casi desconocidos para ella.

Coronación de Enrique VIII
Coronación de Enrique VIII

Coronación de Enrique VIII

La muerte de Arturo convirtió a su hermano Enrique, mozalbete gordo, membrudo y robusto de once años de edad, en el heredero de la corona. Pese a la energía infatigable de que hacía gala y a la refinada educación que exhibía, incluida su pasión por la poesía, la principal característica de Enrique era la vanidad: creía ser el mejor príncipe del mundo entero, y como tal estaba dispuesto a aparecer. Le habían destinado como prometida a la viuda de su hermano, y si bien el papa Julio II autorizó el matrimonio, hubo que esperar hasta 1509 antes de llevar a cabo los esponsales. En la primavera de ese año, Londres asistió a un espectáculo de esplendor nunca visto: a los funerales de Enrique VII, muerto el 21 de abril, le sucedió la ceremonia de coronación de Enrique VIII y Catalina, que contaban entonces con dieciocho y veintitrés años, respectivamente.

Esperanzas en un rey renacentista

El joven rey concitó las mayores expectativas: se esperaba de él que consolidara el espíritu renacentista en Inglaterra, que impulsara las letras y las artes —se dice, a tenor de ciertos testimonios, que en su honor fue creada la música de cámara—, que defendiera la paz y la justicia.
En medio de la adulación y el entusiasmo general, pronto se vio sin embargo que el brillante soberano y mejor jinete del país, después de años de rígida disciplina, pensaba dedicarse fundamentalmente a la diversión. Que su verdadera pasión eran la bebida y la caza, seguidas muy de cerca por los torneos, los festines y las mascaradas. Los destinos de la política inglesa quedaron así en manos del cardenal Wolsey, hombre de sólida cultura humanista, quien se mantuvo con éxito en el poder durante veinte años. En ellos urdió extravagantes combinaciones en el campo de la política internacional, para obtener provecho de la lucha que enfrentaba al emperador Carlos V con el rey de Francia, Francisco I.

Posición de Enrique VIII sobre las reformas de Lutero

Ante la Reforma de Martín Lutero que desde el área franco-germana se extendía por todo el continente, Inglaterra trató de cerrar sus fronteras a la entrada de escritores luteranos, sin demasiado éxito. El mismo rey, que desde su juventud había leído obras teológicas, se interesó por ellos y los estudió con curiosidad de especialista, adoptando una actitud de franca oposición frente a los postulados reformistas. En 1517 escribió, como respuesta, una Defensa de los siete sacramentos contra el monje de Wittenberg, motivo por el cual el papa León X le otorgó el título de «defensor de la fe». En su obra Lutero alaba en primer lugar el sacramento del matrimonio y lo defiende con elocuencia: «Nunca se atreva un hombre a separar lo que Dios ha unido».

Martín Lutero
Martín Lutero

El cisma

Pero el segundo de los Tudor no mantendría por mucho tiempo esta opinión.
Graves problemas sucesorios ensombrecían la continuidad de su familia en el trono. Catalina, después de dar a luz a dos niños muertos, al cabo de siete años de matrimonio había alumbrado una niña, María, pero la sucesión de una mujer no estaba aún aprobada. Enrique VIII, que ansiaba un heredero varón, había tenido un hijo natural con una joven llamada Bessie Blount, al que impusieron los nombres de Enrique Fitzroy —‘hijo de rey’— en un solemne bautizo. Lamentablemente, el niño había de morir a los siete años.
En esa época una joven dama de la corte había enamorado apasionadamente al rey. Se llamaba Ana Bolena y era hija del representante del partido burgués en la Cámara. Y a los problemas sucesorios y amatorios vinieron a sumarse los vaivenes de la política exterior.

Fin de la alianza con el imperio español

reforma protestante carlos V
Emperador Carlos V

Hasta ese momento, Inglaterra se había mantenido al lado de Carlos V, sobrino de Catalina de Aragón, en la lucha de éste contra Francia. En 1520 Enrique VIII se había entrevistado en Campo de Oro con Francisco I, encuentro en el que se bosquejaron los términos del futuro equilibrio europeo, pero la guerra con Francia había continuado. Una guerra imprecisa y desatinada que arruinaba la economía inglesa y acarreaba un profundo malestar entre la población, cada vez más descontenta con el cardenal Wolsey y su política de impuestos. La alianza con el emperador se juzgaba poco provechosa para los ingleses, y cuando éste derrotó a las tropas de Francisco I en Pavía, en 1527, Inglaterra dio un brusco giro a su política, encaminado a sustraerse al poderío del Imperio español.
Para romper el pacto con España, Enrique VIII no vio nada mejor que anular su matrimonio con Catalina.
Después de dieciocho años de matrimonio, el rey siente que su conciencia le remuerde por haberse casado con la viuda de su hermano contraviniendo una santa prohibición, y considera que la bula que le había sido concedida carece de valor, al contradecir las Sagradas Escrituras. Por eso pide al papa Clemente VII que le conceda la anulación matrimonial. Roma, que tantas veces atendiera peticiones de esta naturaleza, en esta ocasión teme enemistarse con Carlos V, y demora la sentencia durante mucho tiempo, hasta que en 1529 da una respuesta negativa formal a la petición.

Enrique VIII es excomulgado de la iglesia

Es entonces cuando Enrique VIII, aconsejado por el teólogo de Oxford Thomas Cranmer, se decide por el divorcio y la ruptura con Roma.
El problema de la separación del rey, precipitado por su encendida pasión por Ana Bolena, se convierte en una cuestión de interés nacional. Ante la negativa del papado, Wolsey ha sido destituido de su cargo y lo ha suplantado Thomas Cromwell, quien incita al rey a dar el paso sugerido por Cranmer y convertirse en el jefe de la Iglesia de Inglaterra.
Enrique VIII quiere precipitar los hechos y en 1531 Cranmer declara disuelto su matrimonio con Catalina de Aragón, cuando ya su casamiento con Ana Bolena se había consumado. Esto le vale ser excomulgado por la Iglesia dos años más tarde. El parlamento inglés responde entonces a la excomunión aprobando el Acta de Supremacía, por la cual se legaliza definitivamente la constitución de la nueva Iglesia anglicana. La autoridad papal ha sido anulada en Inglaterra y el rey declarado cabeza suprema de la Iglesia anglicana. El cisma se ha consumado.

Confiscación de los bienes de la iglesia católica

A pesar de que la mayoría del país era católica, el cambio se impuso por el malestar que existía contra la excesiva presión fiscal del Vaticano y las grandes propiedades de la Iglesia que perjudicaban seriamente la agricultura. El rey decretó la disolución de los monasterios y la confiscación de los bienes eclesiásticos, medidas que en el norte chocaron con la oposición de los católicos y provocaron las revueltas de la Peregrinación de la Gracia, que pusieron en un brete al gobierno. Hombres de gran prestigio como Tomás Moro y Fischer, obispo de Winchester, fueron ejecutados por no aceptar la sumisión del clero inglés al rey. Por su parte la nueva reina, Ana Bolena, solemnemente coronada en Westminster, se había convertido en la jefa de los protestantes.

Ejecución de Ana Bolena

En 1533 había traído al mundo una niña, Isabel, cuyo nacimiento no había logrado reavivar la pasión que se estaba extinguiendo entre sus padres. Según la tradición, Enrique VIII tuvo un acceso de celos en un torneo, al ver que su esposa arrojaba un pañuelo a uno de los campeones que la cortejaba, y abandonó inesperadamente el lugar. Al día siguiente, siguiendo sus órdenes, Ana era arrestada y sus habitaciones registradas para comprobar su supuesto adulterio con su hermano, lord Rochford. Corría el mes de mayo de 1536. Ambos hermanos fueron condenados por delitos de alta traición, y pocos días después Ana Bolena era decapitada en Tower Green y su hija Isabel declarada bastarda.

Ana Bolena
Ana Bolena

Matrimonio con Juana Seymour

Lo cierto es que el rey se había cansado ya de su esposa y estaba enamorado de Juana Seymour, con la que se casó al día siguiente de la decapitación. Éste fue un matrimonio en toda regla, pues Catalina de Aragón ya había muerto. La nueva reina le dio su único hijo varón, Eduardo, pero falleció una semana después del alumbramiento.

Matrimonio con Ana de Cléves

La viudez de Enrique VIII duró dos años, al cabo de los cuales Cromwell le buscó una nueva esposa entre las cortes protestantes de Alemania. Y a pesar de la pésima reputación de Enrique VIII, pudo anunciar que la princesa de una casa reinante estaba dispuesta a casarse con el rey: Ana de Cléves. Pero la elegida era algo pacata y mayor de lo que se esperaba y Enrique VIII comenzó a temer las disputas partidistas que roían su consejo desde la boda protestante. Cromwell, abandonado a sus enemigos, fue detenido el 10 de junio de 1540, y a la mañana siguiente Ana de Cléves fue trasladada por orden del rey al castillo de Richmond, lejos de la corte.

Matrimonio con Catalina Howard

Después de otro divorcio, por incitación del duque de Norfolk, Enrique VIII se casó con una bella joven de la nobleza rural, prima de Ana Bolena, Catalina Howard. El rey, visiblemente envejecido, gordo y pantagruélico, se sintió rejuvenecer con esta boda. Hasta sus problemas de salud —se decía que padecía una sífilis y las piernas se le hinchaban provocándole serios dolores— parecieron declinar. Pero al cabo de dos años de matrimonio, bajo la consabida acusación de infidelidad matrimonial, Catalina fue ejecutada el 13 de febrero de 1542. El cadalso fue levantado en el mismo lugar donde Ana Bolena había sufrido la muerte.

Matrimonio con Catalina Parr

La última en acceder al peligroso tálamo fue Catalina Parr, una dama dos veces viuda, con más carácter que hermosura. Se casó con el rey en 1543, pero a pesar de haber sido arrestada poco después, acusada de conspirar contra el soberano, pudo sobrevivir a su terrible esposo. Enrique VIII falleció el 28 de enero de 1547. Su único hijo varón, de diez años, fue proclamado rey al día siguiente con el nombre de Eduardo VI.

Muerte de Enrique VIII
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