Carlomagno

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El auge de la dinastía carolingia liderada por Carlomagno, que vivió en el siglo VII el momento de mayor poder y expansión, y su dependencia de la Santa Sede, no sólo modificó los límites geográficos del continente europeo. La nueva soberanía franca fue decisiva en la fundamentación tanto de la nobleza como de la religión en la Europa posterior. En ello radica su más sobresaliente característica y la que mayor diferencia guarda con la Galia romana precedente. Así como en la Antigüedad el cristianismo había avanzado de abajo hacia arriba, en el reino franco el camino fue el contrario: era el rey quien primero asumía la conversión para luego imponerla a la nobleza y por último al pueblo.

Acontecimientos importantes en la vida de Carlomagno

742 Nace en Neustria.
768 Muere su padre, Pipino III. Carlos y Carlomán se reparten el reino franco.
771 Muere Carlomán. Carlos se convierte en soberano único.
778 Campaña infructuosa en España. Ataque vasco en Roncesvalles. Muerte de Roldán.
800 León III lo corona emperador
814 Fallece en Aquisgrán.
Desde la Vida de Carlomagno, que hacia 830 escribiera Eginardo, el monje franco confidente de sus últimos años de vida y primero de sus biógrafos, hasta bien entrado el siglo XVI, en que distintos eruditos se esforzaron por representar su obra con mayor objetividad, la figura de Carlomagno ha ido conformándose o deformándose sin demasiado rigor. Con el fluir de los siglos, en Alemania, Francia e Italia fueron sucediéndose apologistas y detractores que han ido variando su significación real de acuerdo con sus propios intereses y, en muchos casos, con su orientación política.

La ascensión de la dinastía carolingia

Sin un predecesor como Pipino el Breve, Carlos I nunca habría llegado a ser Carlomagno. Pipino no fue únicamente el fundador de una dinastía; fue además el precursor que preparó el terreno para que otro lo utilizase más adelante como trampolín. Mayordomo de palacio, al igual que todos sus antepasados pipínidas, fue él quien materializó el ascenso al poder real después de varias generaciones —Pipino el Viejo, Pipino de Heristal, Grimoaldo, Carlos Martel— abocadas al mismo fin: la paulatina y tenaz marginación de los reyes merovingios. De hecho, la dinastía merovingia —su nombre proviene de Meroveo, uno de sus primeros jefes— no tenía poder ninguno. Sus últimos monarcas se ganaron el apodo de rois fainéants (‘reyes holgazanes’), pues no movieron un dedo por frenar la barbarie que a lo largo de dos siglos y medio fue ganando terreno a la civilización romana hasta hacerla desaparecer. Los merovingios tenían por costumbre escoger siempre sus mayordomos entre los miembros de una misma familia de guerreros francos que poseía, cerca de Metz, vastos dominios. A los varones más destacados de aquella familia solía imponérseles el nombre de Carlos (en latín Carolus), y de ello deriva el nombre «carolingia» de la dinastía. El mayordomo de palacio no era un mero encargado doméstico, obviamente, sino una especie de primer ministro, jefe de los guerreros y de los consejeros de los reyes, mientras que éstos se limitaban a firmar sus decisiones, por derecho. El golpe de estado mediante el cual la dinastía carolingia, poniendo de acuerdo hecho y derecho, sustituyó a la dinastía merovingia fue obra de Pipino. Tras la muerte de Carlos Martel en 741, Pipino el Breve y su hermano Carlomán asumían el poder sobre los francos.

Carlomagno
Carlomagno
Desembarazado de Carlomán, quien atraído por la vida contemplativa —seguramente a causa de una crisis de conciencia— abandona su reinado en 747 y se retira primero al monte Soracte y luego a Montecassino, donde moriría siete años después, Pipino tiene ante sí el momento propicio: Childerico III, el último descendiente merovingio, fue tonsurado y encerrado en un monasterio. Acababa de dar el paso decisivo por el que tres años más tarde tomó el título de rey y se le confirió la consagración, extensiva a su esposa, Bertreda, y a sus dos hijos. Esta ceremonia, desarrollada con toda la pompa, fortaleció la casa carolingia y unió estrechamente su política a la Santa Sede, que amenazada por los lombardos hace del nuevo monarca franco el protector titulado del jefe de la Iglesia. Para Pipino el Breve es una dura empresa, a la que se une la obligación de hacer sentir sus armas en todos los frentes a aquellos que sólo vieron en el cambio dinástico una ocasión para deshacerse del yugo. Pero es precisamente este doble deber cumplido a rajatabla el que confiere al reinado del primer rey carolingio su significación en la historia. Pipino recorre todas sus fronteras, derrota a los sajones en Iburg, impone el juramento de vasallaje a su sobrino Tasilón, duque de Baviera, prosigue el retroceso del islam, ya marginado por Carlos Martel al norte de los Pirineos, avanza por Septimania, toma Narbona y mantiene repetidas campañas en la rebelde Aquitania hasta su muerte, a los cincuenta y cuatro años. Fue precisamente en Aquitania, al parecer, donde enfermó de gravedad. Su posterior peregrinación a San Martín de Tours lo llevaría a la tumba. El 24 de septiembre de 768 Pipino III el Breve murió sin prever las desavenencias que sobrevendrán entre sus dos herederos.

El camino hacia la consagración

Si las cuentas de los contemporáneos son exactas, Carlomagno nació el 2 de abril de 742, pocos meses después de que Pipino el Breve, su padre, y su tío Carlomán asumieran el poder. Esta sucesión de acontecimientos hace más fiable el que su alumbramiento haya tenido lugar en Neustria, en contra de la versión, también bastante difundida, de que se produjo en el castillo de Ingelheim, cerca de Maguncia, ya que, al repartirse el reino entre los hermanos en 741, fue Carlomán quien se quedó con el este germánico (es decir, Austrasia, Alemania y Turingia) y su padre con el oeste románico (Neustria, Borgoña y Provenza). Poco o nada se conoce acerca de su infancia. Se sabe, sí, que fue el hijo bastardo de Bertreda, hija de Cariberto, conde de Laon, y de Pipino III, y que fue legitimado a los siete años de edad, cuando en el 749 sus padres se unieron en matrimonio, razón que más tarde esgrimirá en su contra su hermano Carlomán, nacido en 751, quien se consideraba el legítimo primogénito. Con excepción de este hecho conocido, los anales del imperio sólo lo mencionan una vez cuando, con ocasión de la consagración de Pipino III por el papa Esteban II en Saint-Denis, en 754, Carlos fue conducido al encuentro de aquél en Wallis —el papa venía de Saint-Maurice— y lo acompañó después a reunirse con su padre en la residencia de invierno de Ponthion. Su tío Carlomán acababa de morir y su padre se hacía con todo el poder sobre el reino. Carlos tenía entonces doce años y habrían de transcurrir otros catorce para que los días de su vida reclamasen el interés de sus contemporáneos. Eginardo, que fue cortesano suyo, confiesa, en su Vida de Carlomagno, que no puede proporcionar ninguna noticia verdadera sobre su juventud, motivo por el cual su crónica parte de 768, fecha de la consagración de Carlos I, cuando contaba ya veintiséis años. En 768 pues, tras la muerte de su padre, la historia vuelve a repetirse: Carlos y Carlomán se dividen la herencia según las últimas disposiciones paternas. La reina Bertrada preside el reparto y establecimiento de los dos reinos y el 9 de octubre Carlomán es consagrado en Soissons y Carlos en Noyon.
Pronto estas desavenencias entre los dos hermanos propiciaron un mayor ascendiente de Bertreda sobre ellos y aun en la política del reino. Mientras Carlos I, ante el desafío de Aquitania otra vez en peligro, se entrevista con Carlomán en Moncontour (hoy Alto Vienne) para rogarle una ayuda que éste se niega a concederle (Carlomán es aún adolescente), creando así una abierta enemistad que duraría más allá de su muerte, Bertreda, desentendida de la política llevada a cabo por su esposo y deseosa de un acercamiento franco-lombardo, desoye al nuevo papa Esteban III y acuerda con el rey lombardo Didier la boda de sus dos hijos con dos descendientes de aquél. Así como no resulta extraño que Carlomán aceptara de buen grado la boda impuesta por su madre con la princesa Gerberge, es curioso que Carlos accediera a casarse con una princesa lombarda. Lo cierto es que después de su triunfo en Aquitania se fijó la fecha, y en la Navidad del 770 se celebró su matrimonio en Maguncia con Desirée.
El 4 de diciembre de 771 Carlomán muere repentinamente en Laon y el pasado se repite una vez más. Como Pipino a la muerte de su hermano Carlomán, Carlos I será el soberano único de los estados francos, inaugurando con ello el momento de mayor gloria de la dinastía carolingia fundada por su padre. En adelante, decidirá seguir a Pipino III, pero imprimiéndole a la acción de su predecesor tal ritmo que desde los tiempos de César el mundo no había conocido nada igual. Tras la desaparición de Carlomán, se hace con el reino sin tener en cuenta los derechos de los hijos de aquél, repudia a su esposa lombarda devolviéndola a Didier, y Gerberge con sus dos hijos se refugia en Pavía. La hora de Bertreda había sido fugaz: un sueño de fusión franco-lombarda estaba roto.

La corona de hierro

Esta ruptura fue una abierta declaración de guerra. El obispo de Roma, Adriano, es intimidado por la corte de Pavía a coronar al hijo de Carlomán. El obispo se niega. Las tropas lombardas invaden San Pedro. Adriano pide ayuda al rey de los francos. Carlos, después del triunfo de la batalla, se hace proclamar a sí mismo rey de los lombardos, hace suya la corona de hierro (que era de oro, como todas las coronas reales, sólo que tomó su nombre del círculo de ese metal en el que está montada) y reafirma su derecho de protector de la Ciudad Eterna. Adalgisio, el sucesor de Didier, pudo huir a Bizancio. Didier acabó con su familia en un convento franco. Carlomagno había ganado ya un segundo reino. Esta guerra se llevó a cabo entre 773 y 774; antes, inmediatamente después de repudiar a la princesa lombarda, el rey franco se había casado con Hildegarde, una joven de trece años perteneciente a la alta nobleza alamana, que en diez años de matrimonio le dio nueve hijos. Aunque se había hecho con la corona italiana, Carlomagno nunca llegó a granjearse la confianza del pueblo lombardo. Para los italianos fue siempre un extranjero y no llegó a entrar en la historia nacional como ocurrió en Francia y Alemania. Si bien era considerado como el verdadero poseedor del poder civil, él reservó para sí la parte septentrional del reino, cedió Rávena y Roma al papa y más tarde procuró a su hijo Pipino una corte propia, con la perspicacia de nombrar a uno de los jefes lombardos como su ministro y educador.

Trono de Carlomagno
Trono de Carlomagno

La Marca Hispánica

Después de asegurar la situación de Aquítania y resolver el problema en Lombardia, Carlos I tuvo una tercera idea, cimentada por la victoria que su abuelo, Carlos Martel, había obtenido sobre los árabes: la creación de una marca fronteriza hispánica. Esta posible hazaña cobró forma tras la visita que en 777 le hicieran dos príncipes árabes, Sulaimán ibn al-Aarabí, valí de Barcelona, y el yerno del último gobernador de Septimania bajo Carlos Martel. Le entregaron las llaves de Barcelona y es posible que también las de Zaragoza, conminados por la rivalidad interior que entonces padecía la España islámica. En 778 Carlomagno reunió un ejército numerosísimo, dispuesto a hacer efectivo el ofrecimiento. Burgundios, alamanes, bávaros, provenza-les, aquitanos y lombardos avanzaron con los francos, una fracción desde Narbona hacia Barcelona, y otra, en la que iba él, hacia Pamplona y Zaragoza a través de los Pirineos. Barcelona no se resistió. Su fracción, sin embargo, vio impedido su avance por Al-Husain, y parece que el rey, después de unos pocos días, tuvo que reemprender la retirada. Resulta incomprensible esta rápida interrupción de la que fue la mayor expedición militar de toda su vida. Según fuentes árabes, debió de llevarse al valí de Barcelona prisionero, lo cual, sumado a la absurda destrucción de Pamplona en el camino de retirada, enfureció a los vascos concentrados en Roncesvalles, que lograron una victoria sin precedentes sobre la caballería franca, pereciendo en la misma muchos de sus jefes principales, entre los que se contaban Roldán —Roland—, el margrave de Bretaña, el senescal Eginardo y Anselmo, el comandante de la guardia de palacio. Después de la derrota, Carlomagno tuvo que enfrentarse con una nueva desgracia. Al pie de los Pirineos, en Chasseneuil, su mujer acababa de dar a luz gemelos, de los cuales sólo uno —Luis el Piadoso— permaneció con vida. Carlomagno no volvería a pisar España. No obstante los fundamentos históricos, la fantasía popular terminaría haciendo comprensible la derrota; la Chanson de Roland da cuenta de ello. Pero su relación con España no acabaría allí. Veinte años más tarde, en 797, un nuevo valí de Barcelona le llevaría a Aquisgrán (en alemán Aachen y Aix-la-Chapelle para los franceses) las llaves de su ciudad. Poco después se iniciaron relaciones con Alfonso II de Asturias, y a partir de 798 siguieron las campañas de su hijo Luis, rey de Aquitania, sobre España. En 801 consiguió, con el respaldo de algunos jefes francos, la toma de Barcelona y fue creada la Marca Hispánica, que se extendía hasta el Ebro y que, aún en vida de Carlomagno, fue reconocida por el soberano de Córdoba.
La ocupación de los carolingios era la guerra. Para ella estaban preparados y las victorias eran el mejor medio para acceder a la realeza. En el siglo transcurrido entre la entrada al gobierno de su abuelo Carlos Martel hasta la muerte de Carlomagno (714-814), pocos fueron los años en que no hubo campañas. Un verano sin guerra era entonces considerado tiempo muerto. Después de los monótonos inviernos, en el encierro de los castillos y las aldeas, la guerra surgía como un período de libertad esperado con impaciencia. El placer del movimiento, el goce de cabalgar bien, de la propia destreza, y la promesa de nuevos paisajes a descubrir constituían la única diversión. Tanto es así, que cuando Carlomagno no hizo ningún llamamiento a filas, en 790, los anales del reino se sintieron obligados a disculpar su inacción. Las campañas contra Sajonia se prolongaron por más de treinta años, desde una primera dieta lograda en 772, antes de la guerra lombarda, hasta 804, en que fue por fin incorporada al Estado franco. Al principio Carlomagno intentó favorecer la obra de los misioneros; pronto, aunque sin olvidar la obra de conversión, se lanzó a una conquista abierta, metódica y sanguinaria. A la resistencia de los sajones, conducidos por Widukindo, opuso el terror, ejecutando a 4.500 de ellos cerca de Verdún. Tras la derrota de Widukindo, Carlomagno llegó hasta Panonia, extendiendo sus fronteras hacia el este. Los ávaros no opusieron resistencia alguna: no querían la guerra. Y los francos tuvieron en sus manos un precioso botín sin necesidad de luchar. Incluso aceptaron sin protestas su conversión al cristianismo. Este pacifismo debió de desconcertar a Carlomagno, que urgido por un nuevo brote rebelde sajón, en 793, resolvió ejecutar al khaghan de los ávaros y a su virrey, el Jugurri, como castigo por la «guerra perdida». No sería ésta, sin duda, su acción más temeraria. Baste referir la condena que impuso a su primo Tasilón, duque de Baviera, y las oscuras razones que lo llevaron a ello. Después de soportar del rey afrentas constantes durante mas de dos decenios, que condenado a muerte, en 788, por haber desertado del ejército en la campaña que había emprendido Pipino el Breve contra Aquitania veinticinco años antes, en 763. Carlomagno, después de obligarlo a la autoinculpación, acabó por perdonarle la vida, cambiando la pena de muerte por una condena a cadena perpetua, aunque tonsurando y encerrando en un convento también a su hijo Theodo.
En 790, tras crear una nueva Marca, la Bretona, que cedió a su hijo Carlos el Joven, fue desplazando su centro de gravedad hacia el este y fijó su residencia en Aquisgrán. Aún no era emperador, pero el Estado franco era vasto imperio consolidado.

Mapa del Imperio Carolingio
Mapa del Imperio Carolingio

La administración carolingia

Carlomagno intentó organizar los territorios confiados. En su inmenso imperio, donde algunas regiones conservaban una relativa autonomía, mantuvo las instituciones francas. Un conde era colocado a la cabeza de cada pagus y recibía amplios poderes militares y administrativos. El obispo o el abad de los monasterios aconsejaban o bien vigilaban al conde, promulgaban y aplicaban las ordenanzas enviadas de palacio, llamadas capitulares porque estaban divididas en capítulos. Los missi dominici mandaban sobre los hombres que dependían de su hueste y contribuían a fiscalizar la región; agrupados en parejas, uno laico y otro religioso, asistían a las asambleas organizadas al principio del verano, que contaban con la asistencia del rey y muchas veces con la de los marqueses a cargo de las marcas fronterizas. Se realizó asimismo un gran esfuerzo por fomentar los estudios y el renacimiento de la antigua civilización. Llamó a Alcuino, a Pablo Diácono, a Pedro de Pisa y al español Teodulfo. Creó una escuela palatina para formar servidores del Estado laicos y clérigos. Se enriquecieron las bibliotecas y se fomentó el estudio de la teología y de los textos sagrados, restableciendo el uso del latín. Utilizó el cristianismo como nexo seguro entre las peculiaridades de su imperio.

La coronación imperial

El 1 de diciembre del 800 Carlomagno llegaba a Roma dispuesto a ser coronado según lo pactado con el papa pocos meses antes en el palacio de Aquisgrán, donde León III se había refugiado huyendo de los romanos. La oposición de la nobleza había logrado que se convirtiese en un subordinado del rey franco, que esta vez hubo de hacer de árbitro entre unos y otro, indudablemente a favor del papa. Carlomagno, que a los cincuenta y ocho años seguía tan alto y erguido como en su juventud, llevaba el traje romano a petición de León III, accediendo éste a que el acto se celebrase en San Pedro, pues a los francos les parecía un santuario más importante que Santa María la Mayor. El 25 de diciembre del 800 el papa le colocó la corona y en seguida se procedió a su confirmación mediante la aclamación del pueblo. Se le cantaron laudes regios francos que se debieron memorizar muy aprisa y a las letanías sajonas se le añadieron textos griegos y latinos. Pero ¿cómo podía él, que había nacido para ser un rey franco, regir una Iglesia, una nobleza y un país que se consideraban superiores a los suyos? Por otra parte, no estaba dispuesto a discutir con el emperador bizantino un título que no añadía nada a su poder en Occidente. Por último, jamás reconocería que su nueva romanidad era superior a su anterior condición. Lo cierto es que retornó a Aquisgrán con el título de imperator y nuevas preocupaciones. De algún modo, el final no estaba lejano. En 806 divide su imperio entre sus hijos Carlos, Pipino y Luis en previsión de su muerte. Siete años después, reconocido ya como emperador por Bizancio, dispone que Luis sea coronado co-emperador tras la muerte de sus otros dos hijos. Luis se corona a sí mismo.
El 28 de enero de 814 Carlomagno muere a los setenta y un años y es enterrado el mismo día en la capilla del palacio. Transcurridos tres siglos y medio, el 29 de diciembre de 1165, Federico Barbarroja lo hace proclamar santo; sus huesos fueron guardados en un cofre de reliquias y elevados al altar de su iglesia de Aquisgrán.

Coronacion de Carlomagno
Coronacion de Carlomagno
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