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Estructura socioeconómica de América Colonial

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La estructura socioeconómica colonial estaba organizada en función de los intereses de la Península (España). La estructura económica de España estaba basada en el mercantilismo capitalista, es decir, en la acumulación de metales preciosos, la actividad económica de base del sistema colonial fue la minería, no sin antes mencionar que también se practicaron otras actividades económicas, aunque sin el estímulo estatal que gozó la minería.

La propiedad de la tierra: repartimientos y encomiendas

La conquista y paulatina colonización de las regiones descubiertas por los españoles había aportado ingentes riquezas que fueron a parar en su mayor parte a manos reales, al erario hispano y, en última instancia, a los bancos de Genova, las artesanías de Flandes o las arcas de los Fugger y los Welser, banqueros alemanes del siglo XVI.
Los principales autores de la conquista, los soldados y los hombres del pueblo, responsables de los éxitos militares, de las atrocidades y de los logros económicos, quedaron algo desprovistos al término de sus servicios.
Los protagonistas de la conquista fueron entonces premiados con tierras por la Corona, conocedora de sus enormes deseos de fraguarse un futuro y, sobre todo, de huir de la pobreza de sus lugares de origen (sobre todo Andalucía y Extremadura). Así surgieron los repartimientos de tierras y las encomiendas, que se hicieron con los indios que las habitaban, para que trabajasen en ellas a cambio de que los españoles los educaran, alimentaran y cristianizaran. Los conquistadores también se comprometían a cultivar las tierras y a vivir en ellas durante determinado número de años. El cultivo de la tierra había sido ordenado por la Corona desde 1497, ya que deseaba poblarla y hacerla productiva. Para ello se enviaron aperos de labranza, semillas, posturas y ganado del Viejo Mundo.

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La encomienda

Sin embargo, los repartimientos correspondieron a las cabezas de la conquista, a los hombres que la dirigieron audazmente. El grueso de la tropa peninsular, continuó en la mayor pobreza y dependió, en muchos casos, de las concesiones de los capitanes agraciados por el favor real.
El descubrimiento de las minas de Zacatecas y Potosí, a mediados del siglo XVI en México y Perú, constituyeron una forma rápida de enriquecimiento que provocó la decadencia de la naciente economía agrícola la cual, desde entonces, sólo se auto abasteció. Los colonos pobres abandonaban las fértiles tierras en pos de la fácil fortuna, que algunos lograron en las región pródigas en metales nobles.
Las tierras descubiertas pertenecían, en virtud del Tratado de Tordesillas, a los monarcas por el derecho de conquista y sólo ellos podían otorgar como regalía parcelas del Nuevo Mundo, como pago por los servicios prestados a la Corona. A partir de 1512, la posesión efectiva de la tierra dará lugar a muchos problemas jurídicos, que hubieron de solventarse con la intervención de juristas como Francisco de Vitoria, por medio de las Leyes de Indias.
El feudalismo no surgió en America tal como existía en Europa, ya que las tierras constituían regalías en usufructo. El latifundismo nacerá en el siglo XVII, al aplicar la vieja institución castellana del mayorazgo, por la cual hereda la regalía completa el hijo mayor al efecto de mantener la integridad del patrimonio familiar.
Esta sera también la base para la creación de una aristocracia terrateniente, soporte del realismo en América durante las guerras independentistas.
Las encomiendas plantearon otras cuestiones. No se trataba de repartir tierras, sino seres humanos, que constituyeron la mano de obra durante la colonización. Algunas tribus, como las de la cuenca del Caribe, desaparecieron completamente en sólo dos siglos. La mayoría de los indios morían de fatigas y enfermedades europeas. Las mujeres se fueron fundiendo con los hombres europeos, ya que la primera expediciones se componían predominantemente de hombres.
España utilizaba y explotaba a las poblaciones indígenas en la agricultura, la industria y la minería, pero, al mismo tiempo, dictaba leyes desde la Península, donde se proponían incorporar al indio como subdito, teóricamente en igualdad de condición con el hispano peninsular. Cierto que las leyes no se cumplieron con rigor.
Al morir la mayor parte de los indígenas y escasear la mano de obra tanto europea como indígena se recurrió a un sistema; el trabajo obligado de negros africanos llevados a la fuerza desde las costas del golfo de Guinea.

La esclavitud

El problema de la importación de esclavos negros ya se había planteado en La Española, al notar los encomenderos la «flojedad» de los indios, seres acostumbrados a la caza, la pesca y a una agricultura de subsistencia. Ante los abusos de los colonos, algunos sacerdotes dominicos, entre los que se contaba fray Bartolomé de Las Casas, protestaron. Vehemente abogado de la indefensión de los indios, Bartolomé de Las Casas tuvo la ingenuidad de proponer que, para aliviar su duro trabajo, debía sustituirse por el de los africanos, a quienes los europeos consideraban más fuertes, resistentes, aclimatados a los trópicos y, sobre todo, estaban acostumbrados a ver trabajar en Europa en condiciones de sujeción. La propuesta inició la trata de negros. Ante la sugerencia, el rey Fernando autoriza a la Casa de Contratación de Sevilla a realizar el trasvase obligatorio de africanos a las nuevas tierras, con lo que crea la base y el precedente jurídico para el execrable comercio humano. El primer grupo, de cincuenta esclavos, llegó a principios del siglo XVI para sustituir a algunos indios en las minas. Con el tiempo y la aparición de las plantaciones de caña de azúcar en Cuba, Santo Domingo y Brasil, de algodón en las colonias americanas de Inglaterra, y de cafe en Nueva Granada y Brasil, la trata comenzó a convertirse en un próspero negocio en el que competían Portugal, Inglaterra y Holanda. Para nutrirse de esclavos visitaban las costas atlánticas de África, en un arco que abarcaba desde Gambia hasta el desierto del Namib.
La trata se afianzó en el siglo XVII, gracias al comercio triangular ruta marítima que partía de los puertos del sur de Inglaterra y tenía un vértice las costas del golfo de Guinea, donde cambiaban artículos industriales ingleses por esclavos los cuales transportaban en las bodegas de las naves, hasta los centros de comercialización en los mercados de las ciudades del Caribe. Con el producto de su venta se obtenían apreciadas mercancías ultramarinas (como café, azúcar y algodón) con las cuales retornaban para venderlas en los puertos meridionales de la metrópoli.

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Esclavitud en América Colonial

La mita y los obrajes

A pesar de que las Leyes de Burgos de 1521 reconocían la libertad de los indígenas y su derecho a recibir un trato humano, y de que Francisco de Vitoria había redactado las Leyes de Indías, la triste realidad se impuso.
En las grandes cuencas del Alto Perú (hoy Bolivia) se realizó un plan de explotación de sus recursos naturales. Sin embargo, la falta de mano de obra, originó un trabajo por turnos, concebido como un reparto forzoso de los naturales del lugar, para que sirvieran en la agricultura, la industria, el comercio y, especialmente, en la minería. Se trataba de una obligación real, no personal, pues se vinculaba al territorio. Consistía en una servidumbre totalmente dependiente de la tierra en que se vivía, con miras a la explotación de la plata de Potosí y de los yacimientos de mercurio de Huancavélica.
Surgen así, en el último tercio del siglo XVI, los mitayos, siervos que debían trabajar en condiciones infrahumanas durante una semana de trabajo pagado y descansar dos semanas, sin paga. Su jornada comenzaba una hora y media después de la salida del sol y duraba hasta su puesta. De este horario sólo se beneficiaban durante el invierno, de días algo más cortos, pero los gastos de transporte hasta el lugar de trabajo y de manutención corrían por cuenta del mitayo y resultaban superiores a los ingresos obtenidos, por lo que debía pedir prestado a la empresa que le «contrataba». Así quedaba perennemente endeudado y su condición de mitayo se perpetuaba, pues sólo podía exonerarse si otro compraba su puesto, si alquilaba sus servicios domésticos como yanacona o si huía a una de las catorce provincias peruanas donde la mita no existía.
Para atender a las necesidades industriales de una colonia tan extensa y tan alejada de las rutas marítimas europeas, se crearon los obrajes, primeras formas de producción industrial capitalista en la región. Empleaban el trabajo indio forzoso en fábricas de tejidos de lana, algodón, sogas de cáñamo, alpargatas, vidrio y pólvora. El horario laboral abarcaba desde las siete de la mañana hasta las seis de la tarde, con media hora para descansar y alimentarse. Se ubicaban las industrias de hilado de lana a orillas de algún río, dada la enorme cantidad de agua que se requería. Trabajaban también mujeres y niños, a pesar de que las leyes españolas lo prohibían. Los salarios, al igual que en la mita, no alcanzaban y, paulatinamente, se iban endeudando.

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Obrajes

La ganadería y su incipiente industria

La ganadería no era particularmente rica ni apreciada por la mayoría de las culturas aborígenes. Solo los incas se servían de la alpaca, la llama y la vicuña.
Los españoles contribuyeron al desarrollo de la cabaña americana a introducir especies domésticas como el caballo, para transporte, el cerdo, fuente de proteínas; y el ganado vacuno, con la revolución que supuso el aprovechamiento de su leche y de su carne en la alimentación, así como de sus cueros, en la fabricación de todo género de arreos, tan necesarios entonces. La oveja resultó de gran utilidad, ya que prácticamente sustituyó en las zonas altas a la alpaca. Pero no se pudo aclimatar ni en el Caribe ni en las regiones cálidas. Los cápridos soportaron perfectamente los climas extremos, así como las aves de corral, cuyos huevos y carne alimentaron a los españoles y a los indios, accediendo estos últimos por primera vez a ellos, aunque en cantidades limitadas. El único ganado que se adaptó a todas las latitudes fue el vacuno, permitió el desarrollo de una industria del curtido de sus pieles, sobre todo en las zonas septentrionales de México y en la región rio platense. Con el tiempo, estos animales originaron en determinadas regiones profundos cambios económicos y sociales al crear una economía ganadera de la que surgen la figura del cowboy, en Estados Unidos; en México, la del charro; en Argentina, la del gaucho; en Chile, la del huaso, y en Venezuela, la del llanero.
El desarrollo latifundista que exigía el ganado vacuno dio lugar a la aparición de la estancia en los países del Cono Sur, y de la hacienda en los demás. Factor social determinante en las nuevas sociedades americanas fueron el estanciero y el hacendado.

La Casa de Contratación

Este vasto imperio español implicaba una estructura comercial que, si bien en el siglo XVI era todavía endeble, con el tiempo se consolidó. Para su coordinación se había establecido un superministerio que centralizaba toda la actividad comercial: la Casa de Contratación de Sevilla. Creada en 1503 por Real Cédula de Isabel la Católica, llegó a controlar todo el comercio con las Indias. Incluía un servicio jurídico y el Tribunal de Justicia Marítima, en cuyo seno nació la primera Escuela de Navegación de Europa. Comprendía también el Tribunal del Consulado (con sede en Sevilla), el Juzgado de las Indias (radicado en Cádiz) y los Jueces de los Registros de las Indias (en las islas Canarias).
Pero la Casa ejercía funciones omnímodas no sólo sobre el comercio. Ademas de controlar los envíos y recibos de mercancías y metales preciosos, determinaba los precios de los artículos, organizaba las expediciones y canalizaba la emigración. Era, asimismo, sede de las representaciones comerciales de la Península y de las casas extranjeras que comerciaban con los nuevos productos destinados al resto de Europa.
Sevilla se enriqueció enormemente con el monopolio (que compartió después con Cádiz). De este modo se produjeron cambios sociales al crearse en la ciudad una clase burguesa comerciante, que alcanzaría gran influencia en la política española. Esta situación pasado el tiempo, daría lugar a unos privilegios contra los cuales lucharon los criollos, que pretendían diversificar las salidas comerciales de sus productos, cada vez más importantes.
Una de las primeras medidas adoptadas por la Casa en materia de comercio consistió en prohibir el fomento del cultivo o producción en las colonias de cualquier mercancía que compitiese con los productos de la metrópoli, como el lino y el cáñamo.
Este estricto control permitía el comercio libre con otros países; era rigurosamente monpolista. Las demás naciones, interesadas en los nuevos productos de gran demanda en Europa, se dedicaron al contrabando. Así continuó la siembra del tabaco, cuyo cultivo se había prohibido para perjudicar los intereses holandeses. Ante la prohibición de reexportar armas de fuego, o exportar caballos y otros animales de tiro, los americanos recurrieron al contrabando (o comercion de rescate), llevado a cabo por barcos de bandera inglesa u holandesa. Esta evidente contradicción y la penetración paulatina de los intereses de otras naciones, produjeron medidas cada vez más estrictas.
Surgen así los bucaneros (que practicaban el comercio dc rescate) y el corso, que consistía en una piratería encubierta tras una bandera nacional. Entre los corsarios famosos del siglo XVI se encuentran Francis Drake (a quien Isabel I Tudor ennobleció con el título de Sir), John Hawkins y Henry Morgan (que llegó a ser gobernador de Jamaica). Bucaneros de muchas nacionalidades y piratas sin bandera, por todas las aguas del Atlántico y del mar Caribe, se dedicaron a interceptar barcos aislados o, incluso, flotas españolas que desde La Habana, último puerto, transportaban mercancías y oro procedentes de la Nueva España y Perú.
El centro de sus correrías radicaba en la isla Tortuga (al norte de Haití), en las Antillas Holandesas y con la isla inglesa de Jamaica, excelente enclave que Inglaterra obtuvo en la época de Cromwell.
Esta actividad delictiva sirvió para socavar, en cierta medida, el rígido privilegio de las familias comerciales de Sevilla y, de Cádiz. Éstas realizaron una labor de zapa en la Corte y obtuvieron leyes cada vez más proteccionistas para mantener sus prebendas.
El florecimiento del corso y la piratería resultó lesivo para el comercio tanto de americanos como de españoles, ya que las flotas debían enfrentar además de los ciclones caribeños y los temporales del Atlántico, la piratería marina.
La situación cambió parcialmente en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando Carlos III permitió el libre comercio con todos los puertos españoles, lo que incrementó notablemente los ingresos de la Corona y abrió una brecha con los privilegios mantenidos por el estamento comercial.

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Sevilla en el siglo XVI
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